Había una vez…un alpino en Rusia

- ¿Qué escuchás? – me preguntaron apenas entraron.

- A un coro de soldados italianos, los alpinos, cantando una canción de Navidad... -les contesté.

- Parece triste…

- … Y lo es…

- Abuelo, la Navidad es alegre… - me retan…

- Claro, pero en este mundo las alegrías y las tristezas están casi siempre mezcladas. Mirá la foto de este soldado: Vincenzo Fugalli. Acabo de leer la última carta que le escribió a su familia. Era un soldado “alpino”, como los que cantan… Se los reconoce porque llevan este sombrero tan lindo, con una pluma, y porque son especiales: tienen un espíritu distinto. Por eso cantan y son de lo mejor del mundo.

- ¡Cómo los granaderos…! – dijo uno que sabe.

- Contanos su historia, ¡tiene linda cara! – lo cortó su hermana.

- Se hizo conocida hace unos años cuando encontraron en un libro su última carta. Una carta perdida, que llegó a la familia 80 años después. El Teniente Fugalli murió en una batalla terrible en la que los bravos alpinos pudieron romper el cerco en que los tenían encerrados los rusos comunistas: la batalla de Nikolaevka. Estamos en el año 1943, durante Segunda Guerra Mundial. 40 grados bajo cero, ya casi sin armas y contra un enemigo despiadado que no hacía prisioneros. O sea: peor imposible. Pero como les decía, los Alpinos eran especiales y aunque en Rusia la gran mayoría murió luchando, algunos pudieron escapar y comenzaron un larguísimo camino para volver a su casa. Vincenzo no. Murió a los pocos días de escribirle a su familia. Y en esos pocos renglones hizo ‘un monumento’ que quedará en la Historia grande para honor a los alpinos.

- ¿Una carta o un monumento? - y sí, la acotación ya se imaginan quien es…

- Las dos cosas. No se las voy a leer toda ahora, pero acuérdense de leerla cuando sean grandes. Está en internet. Lo primero que me impresionó es su optimismo: “Me gusta esta vida”. Un poco debe ser para no intranquilizar a sus familiares, pero no sólo es por eso. Fíjense lo que dice: “Aquí por primera vez me siento como un hombre que es responsable de que los demás estén bien. Jamás me sentí tan orgulloso y más tranquilo que ahora. Sería feliz si supiese que ustedes tienen esa misma tranquilidad... La satisfacción de sentirme jefe, confidente, amigo de estos magníficos muchachos será, sin dudas, la más bella experiencia de toda mi vida. Cuanto menos comen, más trabajan, menos duermen y más despiertos están; cuando el sacrificio es mayor, mayor es su alegría… Me quieren, me respetan, confían en mí, y es porque sienten mi cariño, mi estima y mi confianza. Me gustaría hablarles de cada uno de ellos, porque cada uno es mejor que el otro…”.

Recuerden desde dónde le escribe a su familia: desde “el peor lugar del mundo”. En el medio de una de las peores guerras; con un frío insoportable; rodeado del más inhumano de los enemigos; sin esperanza alguna de victoria; abandonados y esperando una muerte casi segura. Y sin embargo, Vincenzo está contento, porque sabe que sus hombres lo quieren y lo necesitan para la última batalla. La verdadera disciplina (de un soldado, de un alumno, de cualquiera) es la relación de confianza y afecto entre el jefe y sus “discípulos”. Y eso llena de satisfacción a todos, como dice en la carta. Y, no es menor: lo puede hacer porque sabe que “pase lo que pase, todo irá bien.” ¡Lo dice en la carta con todas las letras! Obviamente que sabía que por delante tenían días horribles… pero tenía la certeza cristiana que nos dice que Dios permite el mal sabiendo que el Bien triunfará siempre. “Todo irá bien”.

Miren su foto… Nos está mirando… Y nos dice sonriendo que también confía en nosotros, en ustedes especialmente.

- Vincenzo: estos son mis nietos. Ojalá tengan jefes como vos... Y si les toca mandar, que sepan hacerlo con tu alegría y corazón – les digo.

- La carta sigue así: “Esta es la noche de Navidad, estoy escribiendo mientras tanto, en el refugio contiguo al mío, cantan “la Pastorella” y así se olvidan de las raciones de comida que tardan en llegar. Afuera nieva fuerte, se ve que el Niño Dios tiene que nacer acá también, el ambiente es propicio y evocador. Los muchachos centinelas tienen un poco de frío y mucha nostalgia, voy a salir a recorrer la trinchera y verlos…”. No eran sólo soldados, era “sus” soldados.

No sé si murió enseguida o a los pocos días de esta carta. Seguro que lo hizo con honor, cuidando a su gente. Como un buen alpino. Estos son sus últimos renglones: “Mañana, cuando sea de día, finalmente podremos intentar dormir un poco, incluso con botas eternas en los pies, soñando con el Niño Dios. Y nuestro sueño será tan rosado e inocente como el de la infancia. Aquí nos volvemos buenos…”.

¡Ojalá chicos conserven siempre sueños como los del Teniente Vincenzo Fugalli y sus amigos! Que sueñen siempre con el Niño Dios que sabe renovar todas las cosas aún en el medio de las peores derrotas. Porque las tormentas están para “volvernos buenos” esperando la victoria final.

 

Había una vez… un pueblo que esperaba la Navidad

- El 8 de diciembre, Día de la Inmaculada, armamos en casa el pesebre, ¿quién nos ayuda?
-¡Yo! – dijeron todos los nietos. Y ahí la idea no me gustó tanto, ¡ja! Me imaginaba las cabecitas de los Reyes Magos rodando por el piso como en la Revolución francesa…
- Pero antes les voy a contar la historia sobre cómo nacieron los pesebres hace más de 800 años.
La idea se la debemos a San Francisco de Asís. Un gran amigo suyo, Giovanni de nombre, venía insistiéndole en que fuera a su pueblo a predicarles. San Francisco le escribió: “Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno”.
Cuando se le ocurrió esta idea, lo principal debe haber sido eso: “quiero contemplar”, “quiero ver con mis ojos el milagro más grande de todos los tiempos, y al mismo tiempo el más sencillo”. Su amigo Giovanni, un hombre rico y noble, le había preparado un lugar especial cerca del pueblo. Una gruta, el mejor buey que consiguió, un burro que parecía sabio y, sobre todo: un altar. Todavía existe esa gruta y, en ese lugar hay una iglesia lindísima que recuerda el hecho. Al llegar el día de Nochebuena se reunió allí la gente de las comarcas vecinas y muchísimos frailes franciscanos. Yo creo que estaban todos: la Virgen María, San José, los magos y los pastores. Aunque seguramente se escondieron para no distraer a la gente que iba a ver al Niño Dios. ¡Quién no iba a querer festejar Navidad con ellos! El lugar no era parecido a Belén, pero el ambiente era el mismo: santa sencillez y expectativas del gran Milagro.
Por supuesto que todo se centró en la Misa que allí se celebró. Francisco no era sacerdote (nunca quiso serlo), era diácono y predicó. Dicen que nunca, nunca, se oyó predicar sobre el ‘Niño de Bethleem’ como esa noche. Francisco “veía” el Misterio y emocionaba a todos con sus palabras. Pueden imaginarse la escena: limpia noche, fresca, iluminada por antorchas… La gente, sorprendida, veía “en carne y hueso” la escena central de la Historia universal. Ni más, ni menos. Esa noche nuestro santo habló sobre cómo van siempre unidos los Misterios del Nacimiento y de la Cruz. Y todo se hizo luz cuando el sacerdote que celebraba levantó el Pan Consagrado: allí pudieron ver al Dios viviente. ¡Y celebraron en serio!
Francisco escribió una oración Navideña, larga y llena de ecos bíblicos, que desde entonces reza toda la familia franciscana: “Éste es el día que hizo el Señor, alegrémonos en Él, porque un Santísimo Niño amado se nos ha dado, nació por nosotros de camino y fue puesto en un pesebre, porque no tenía lugar en la posada…”.
A veces me imagino como sufriría Francisco viendo cómo se celebramos la Navidad en nuestros días. El principal ausente es el homenajeado. Se llenan las vidrieras de adornitos rojos y verdes, por las calles deambula algún exótico “Papanuel” para vendernos algo. Y lo miramos con tristeza, porque detrás de su sucia barba postiza y su frente transpirada está “la nada”, “el vacío” de un mundo que perdió el sentido. Si afinamos el oído, desde Oriente nos llega el ruido de las bombas que matan por decenas de miles y no el canto de los ángeles que dicen: “Gloria a Dios en las alturas”. Aquí, en nuestras “bajuras” ya nos olvidamos de Él. Y convertimos la Navidad en una caricatura cruel de lo que es y será en Verdad. Una Navidad sin pesebres, sin Cristo, sin alegría sincera…
- Por eso este año, tenemos que armar un pesebre especial. ¡Como el de San Francisco!- los exhorté con toda la épica que pude en medio de la melancolía que me despierta esta realidad. Deus lo vult!, me faltó decir.
- ¿Vas a traer un buey y un burro de verdad? – me dijo la nieta mayor. Y les confieso que creo que otra vez me estaba jorobando…
- No, esta vez no ponemos burros, porque por culpa de ellos estamos como estamos – les contesté bromeando (y en serio), pero me saltaron al cuello en defensa del “Equus africanus asinus”. ¡Y tenían razón! Son unos de los animales más entrañables. Jesús amaba a los burros…
- ¡Vivan los burros! – gritaban trepándoseme encima…
- Sí, está bien, ¡vivan los burros! Pero los “de verdad”. ¡Cuidado con los “hombres burros”! O peor: ¡con los que se hacen los burros! ¡A esos me los mantienen a raya y lo más lejos posible! Hoy son la verdadera “pandemia”.

 

Había una vez… una chica como vos…

- ¿Se llamaba Guada?
- Dije “como vos”, no que eras vos. En realidad, el único parecido era que tenía tus rulos, pero nada más. A esta pobre chica la habían estafado. Hubiese tenido que saber leer en primer grado, pero ya estaba en sexto y apenas con dificultad podía decir palabras cortadas y sin hilo. Y por supuesto no entendía nada. Se llamaba Keyla. - ¿No había ido al colegio?
- Sí, al colegio iban casi todos los chicos argentinos, pero a una buena mayoría se los engañó haciéndoles perder el tiempo. Ante todo, por culpa de modas pedagógicas… - ¡A la abuela no le gusta que digas malas palabras!
- Bueno, a veces se me escapan, pero ésta no es estrictamente una mala palabra. Aunque a veces sí… Te decía que la “forma de enseñar” había cambiado desde los tiempos de sus abuelos, y ya no se terminaba primer grado sabiendo leer y escribir. Pasaban los años aprendiendo de lo bueno, poco y, en cambio sí muchas cosas malas…
- ¿Cómo cuáles?
- Ni loco te las digo. Sólo te cuanto que hay gente enferma obsesionada por enseñar cosas que no se deben ni mostrar a los chicos, porque se los arruina. Y no me preguntes más… Lo cierto que esta pobre chica pasaba los años en la escuela sin aprender. Muchísimas veces no tenía clases: parece que sus maestras vivían enfermas. Las operaciones matemáticas, apenitas; Historia real, menos que menos; Geografía, siempre lo mismo; y así con todo. Estafada. Una vez su mamá se dio cuenta (al padre no lo conocía). La mandó a comprar pan y de vuelto le dieron la mitad. ¡Se enojó muchísimo! Pero recién allí vio que no era su culpa. Esa mamá sólo había hecho tercer grado en una escuelita rural de Formosa, pero sabía más. Mucho más. Su madre (la abuela de Keyla) se había preocupado por enseñarle lo que la escuela no pudo. ¡Eso le habría servido para ayudar a Keyla a aprender lo que la escuela le enseñaba!, pero… ¡nunca se había dado cuenta! Claro, tenía que trabajar y creía que la escuela cumplía con su misión. Lo cierto es que la vida en el conurbano es difícil. Largas horas viajando a trabajar, cansancio, pobreza.
- ¿Y su abuela no se daba cuenta?
- La abuela vivía lejos. No la conocía más que por fotos y por cuentos. La pobre Keyla estaba muy sola. Y así no se puede aprender. Por eso la mamá, después de pensarlo mucho, se la llevó a Formosa y la dejó con su abuela en el medio del campo. Le dijo que tenía que cuidar a la viejita (que no era tan viejita), pero era al revés. A Doña Remedios (así se llamaba la abuela), le contó la triste historia. Ella escuchaba lo que en su corazón ya sabía. Se le caían lágrimas, pero no dijo nada. - ¡Mamá no sé qué hacer! –. La abuela sí supo: les dio un abrazo largo largo que puso en el olvido tantos años de vida infeliz.
- Y, ¿de quién era la culpa?
- Uh, esa respuesta es difícil; la dejamos para más adelante. Lo importante es que tenés que agradecerle a Dios por tu mamá y papá, que te quieren, se ocupan de vos y saben hacerlo.
La respuesta difícil que no le doy a mi nieta es que “la estafa” tiene responsables. No es casual. El tema ha sido estudiado y no puedo decir acá más que dos palabras. Es un camino demoledor. Podríamos remontarnos hasta la famosa ley 1420, “la ley de la desgracia Nacional” como la llamó Avellaneda; pero si miramos las últimas décadas, la mayor responsabilidad se la llevan las políticas educativas de la Unesco, teniendo como cómplice en América Latina a Flacso (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Aquí está la matriz de los funcionarios responsables de nuestra decadencia. Que hoy son hijos de Piaget y su constructivismo, es tan cierto como que heredan una cosmovisión materialista, marxistoide, gramsciana. Que sus políticas son una colección de fracasos, era previsible desde el principio. No se basan en realidades, las desprecian. No aprendieron “en las aulas”, sino en supuestos “estudios de laboratorio”. Cuando a Emilia Ferreiro, totem incuestionable de los ideólogos argentinos, se le ocurrió dar a luz el disparatado método de alfabetización “psicogénesis…”, se podían prever los resultados: si el maestro no enseña, no corrige, el alumno no aprende. Y así nos fue. Pero en el desfile carnavalesco de la educación moderna, el fracaso no importa. “Hay que liberar al niño cada vez más de la familia” y “a las madres de la esclavitud biológica” (sic: Unesco, ¡1948!). El Estado supuestamente “educador” debe hacerse cargo de los niños. Aquí está el secreto: desde la 1420, la Unesco y todo lo demás. Y hasta acá puedo llegar. Mientras tanto la destrucción avanza: del orden natural, de las familias, de la patria y, en el fondo, de la misma humanidad.
Lo bueno es que Keyla se les escapó. Su abuela la empezó a llamar “Anita” y a ella le encantaba, porque Ana era su mamá. Y la que llegó como una flor prematuramente marchita y sin esperanzas, al poco tiempo se reanimó y comenzó a sonreír.

 

Había una vez… un pintor de nuestra gente

—Tuvimos (y tenemos) excelentes pintores que han retratado con arte a la linda gente de la ‘Argentina profunda’. Quizás el más famoso sea Florencioo Molina Campos o Eleodoro Marenco, más clásico… no sé. Hay muchos y muy buenos pintores “costumbristas”, “gauchescos”, que no dejaron que se pierda la huella del paisanaje. Te voy mostrando algunos otros de ahora: aquí lo tienen a Rodolfo Ramos, bien “sabedor” de nuestras costumbres; este otro es el nieto de don Eleodoro, Francisco Madero Marenco; mirá estos dibujos de Esteban Diaz Mathé… y nos faltan muchísimos… Pero les confieso que a mí, el que más me gusta, es don Carlos Montefusco, el que ilustró este Martín Fierro. Le llevó mucho tiempo, porque no era solamente fue dibujar, lo principal era “rumiar” cada verso, cada estrofa para poder expresarlo.
—Eso hacen las vacas, abuelo; me lo enseñaron en el colegio.
—Sí, Cruz (así se llama el que habló), pero tu amigo Don Fierro supo decir: “tiene mucho que rumiar, el que me quiera entender” , así que es lindo usar esa palabra. Viste que las vacas rumiando extraen todo el poder nutritivo del pasto…
—Parece que están mascando chicles…
—Bueno, los hombres debemos detenernos sobre las cosas y los pensamientos para sacarles provecho. Si no, pasan de largo, como los devoradores de TikTok, unos segunditos y a otra cosa mariposa. No, la cosa no es así. Hay que detenerse, mirar, “contemplar” es la mejor palabra que podemos usar. Recuérdenla.
—¿Y por qué te gusta tanto este pintor?
- Don Carlos Montefusco, como te decía, se detiene. Escucha. Contempla. Después, recién después pinta. Y eso lo hace distinto. Una vez le oí decir: “yo pinto la gente, nuestra gente, sobre toda la del campo y su vida cotidiana, sus historias pequeñas de cada día, junto a los animales que los acompañan, perros, gallinas, vacas y caballos”. Y acá voy a decirles algo que ya oyeron: hay que amar a nuestra gente, a nuestra tierra. Es un deber que tenemos. Y para eso la obra de Don Carlos nos ayuda como ninguna. No son “momentos”, son historias largas las que nos cuenta en cada uno de sus cuadros. Hondas y sencillas al mismo tiempo. Y él tiene la capacidad de mostrarlas condensándolas en una imagen. Por eso es también un gran ilustrador de libros. Y debe ser un gran lector. Acá tenés una vida del cura gaucho, San José Gabriel del Rosario Brochero. Miren estos dibujos: parecen escenas vivas… Eso es fruto de la “contemplación” que te decía. Si se lo preguntamos (y se lo vamos a hacer, porque lo tienen que conocer), veríamos que esa obra es fruto de su amor al cura. Y como “no se puede amar lo que no se conoce”, su obra es también fruto de su conocimiento. Estoy seguro de que don Carlos Montefusco vivió con Brochero, conoció a su gente, escuchó sus anécdotas… Lo mismo que le pasó con Fierro, su amigo Cruz, los hijos… Disfruta de su gente y se le nota. Y les cuento dos cositas nomás de su vida. Su familia fue de inmigrantes: el padre, un italiano que, como casi todos, se enamoró de esta tierra. Entre los más fuertes defensores del gaucho, siempre estuvieron los italianos. Su madre era descendiente de cosacos rusos. Los cosacos se distinguen por su amor a los caballos. De esa sangre nació un artista que se tomó como misión “defender al gaucho” como diría José Hernández, mostrando su vida, sus costumbres, sus paisajes y, de modo especial, la flora y fauna que los rodea. Ah, se me olvidaba decirte que además es Ingeniero Zootecnista y eso creo que lo debe de haber ayudado mucho. Aunque lo más importante es lo de siempre, y para decirlo, lo citamos a él: “mi mayor obra de arte es mi familia”.
Hasta fin de año en el Museo Las Lilas de San Antonio de Areco, se están exponiendo algunas de sus obras. El pueblo es todo una joya y éste es uno de sus museos más lindos. Les dejo uno de sus dibujos. ¿Qué pájaro es?
—¡Un tero! ¿Por qué está tan enojado?
—Está defendiendo su nido… Y nosotros tenemos que hacer lo mismo. Sin temores, con verdades, con alegría. Como Carlos Montefusco.

Había una vez… grandes agradecimientos

—El otro día les prometí que iba a contarles una historia distinta de la última. Es sobre un “gran maestro” y los agradecimientos.

—Abuelo, ¿tus maestros eran buenos?

—Muy buenos… Creo que todos los que nos dedicamos a enseñar es porque por un lado nos encontramos con al menos un gran maestro, y también con algún aspecto de la “realidad” al que vimos que valía la pena dedicarnos.

—¡No te entiendo!

—Perdoná… Por ejemplo, un buen maestro de música, te hace enamorar de la música… ¿Ahí se entiende? Un “gran maestro” es todavía más valioso, porque te hace gustar todo, en conjunto. Y te ayuda a lo principal, encontrar el sentido de tu vida y te acompaña. ¡Tenés que estar atento a reconocerlos y aprovecharlos! Y te cuento la historia de uno que conociste: Jorge Ferro, ¿te suena?

—Sí, porque a mamá le dieron un premio que lleva su nombre. Está fumando una pipa…

—Jorge fue profesor primero de tu abuela, en el secundario, después mío, en la universidad, y por último de tu mamá, también en la universidad. Bueno, ahí lo fuimos conociendo, pero un “gran maestro” se transforma siempre en un “gran amigo” cuando tenemos la suerte de tenerlo cerca. Les voy a contar algo de su historia.

Su padre era oficial de Gendarmería, allá por la frontera norte. Fue hace no tantísimos años, pero fíjate qué envidia: cuando él viajaba, iba o en barco o en ¡hidroavión! Y llegaba a un puerto en un territorio casi salvaje… Eso le dio una infancia muy especial. Y probablemente esas aventuras lo acercaron a los libros. Cuando fue grande, después de haber estado en el Liceo Militar, se decidió a estudiar Letras. Por esos tiempos lo conoció tu abuela. Era jovencito, sus primaras clases. Pero ya se le notaba lo esencial. Su vida de profesor fue luminosa: sabía, amaba lo que enseñaba y lo transmitía con pasión. Pero para poder hacerlo hace falta también un elemento clave: querer a los alumnos. Saber que se les está dando un bien valioso. Por eso se entusiasmaba y así entusiasmaba a los demás. Yo lo conocí unos pocos años después y con un tema espectacular: la obra de J.R.R. Tolkien, ‘El Señor de los Anillos’. Fue uno de los primeros estudiosos de ese autor en Argentina (y casi en el mundo). Para los que lo oímos en aquellos tiempos, hace unos cuarenta años, fue un descubrimiento. Transmitía con pasión una historia emocionante, llena de heroísmo y lucha y, al mismo tiempo, profunda. Una de las mejores obras de la Historia de la Literatura, sin dudas, y Jorge fue uno de los mejores maestros que nos podría haber tocado para poder apreciarla. En particular para nosotros (también para tu mamá), haber descubierto a Tolkien fue en primer lugar como encontrarnos con aire puro. donde había lugar para luchar por el bien, para perder y para ganar también. Donde había Esperanza en medio de las oscuridades; donde el mal era malo y bueno lo bueno.

—Eso es obvio, abuelo…

—No lo creas. Justamente el problema del mal en el mundo de hoy es que está en una gran nebulosa… Fijate en las películas de ahora: los malos a lo sumo son “confundidos” y los buenos… bueno, ni siquiera hay buenos “buenos”. Y acá lo asocio a algo importante: un buen maestro debe ser una buena persona, coherente. Que practique lo que predica. Que huya de la confusión. Si no, nadie le cree. Jorge era un hombre íntegro, y porque era bueno, también era muy divertido. Las amarguras son para los otros, no para los buenos en serio. Las tristezas sí, son parte de este mundo, pero siempre con Esperanza. Me acuerdo cuando nos contaba cómo había conocido a su mujer, Celia. La vio desde el colectivo y aunque no la conocía, supo que se iba a casar con ella (¡lindos tiempos en que la gente se casaba). En una película, una historia así no te la creés, pero la realidad es más linda. Cuando tu abuela era su alumna ellos se casaron y todos festejaron su alegría. Tuvieron hijos, nietos… Y por su casa desfilaron cientos de alumnos a los que él recibía con generosidad. Y ahí otra característica de un gran maestro: es generoso. Sabe que recibió mucho y que lo recibido hay que darlo. Él aprovechaba siempre las oportunidades: el tren, unos mates, un viaje, pescar… Todo era ocasión para una charla jugosa, para reírse un rato y aprender. Con sencillez.

Y se va la tercera: la sencillez. Jorge tenía “todos los títulos”, libros, conferencias por todo el mundo… Era un número uno. Pero nunca te lo hacía notar, por el contrario. Le gustaba escuchar, disfrutaba con el saber de los demás, especialmente si los otros eran o habían sido sus alumnos. El gran maestro sabe, pero no es jactancioso. —Ay, abuelo, ¿qué es eso?

—Es una forma de vanidad. Los hombres tendemos a ser tontos y creernos que lo bueno que nos pasa es por mérito nuestro y nos pertenece. Y no es así. Jorge lo sabía. Y cuando lo leas, te vas a poder dar cuenta y, aunque apenas lo conociste, lo vas a sumar como maestro y amigo. Y él desde el cielo te va a saludar riendo con su pipa en la mano. Acordate.


 https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-grandes-agradecimientos-552658.note.aspx


Había una vez… mucho resentimiento

 https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-mucho-resentimiento-552384.note.aspx


Había una vez… mucho resentimiento

—¿Dónde abuelo?
—Por todas partes. Me da pena el mundo que les estamos dejando… Y para que nadie se crea aludido, les tengo que asegurar algo: hoy gobierna por todos lados el resentimiento, o, mejor dicho, estamos bajo la tiranía de los resentidos. Desde hace mucho, no es algo nuevo. Parece que, desde hace largas décadas, en todos los ámbitos de la sociedad, la jerarquía alcanza el poder con el combustible inextinguible del resentimiento. Y es justo ése, el vicio del que más tienen que huir…
—Si nos das nombres y ejemplos, quizás lo entienda mejor…
—ay, las nietas mujeres siempre quieren saber más… —No. Sería fácil, pero no puedo. No debo hacerlo. Es fácil mirar “la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, como dice Nuestro Señor. Así que, si te diera nombres, y eso que hay muchos, estaría faltando. Con el tiempo te los vas a ir cruzando: famosos, desconocidos, pero todos en el fondo, fracasados. Casi nunca reconocen cómo arruinaron sus vidas, ¡al contrario! Creen que los demás son los resentidos y predican condenando sus propios defectos. Sin verlos, claro. No me gusta hablarles de estas cosas, pero deben saberlas. Escuchen bien cómo son los “grandes resentidos” (la descripción se la robo al padre Leonardo Castellani): primero, suelen ser astutos. O pícaros, mejor. Hábiles para encontrar sus ventajas. Ambiciosos, aunque lo disimulen.
Segundo, en el fondo son tímidos, cobardones, muy precavidos. Tercero, son grandes mentirosos. Construyen sus propias realidades, creyéndoselas. Muestran a veces una exagerada humildad y austeridad, pero no por virtud, sino porque desconfían de los aduladores.
—¿Qué es eso abuelo? Siempre venís con palabras raras…, eso lo dijo el segundo de los nietos. ¡Tiene razón pobre!
—Los resentidos desconfían de los chupamedias, pero no porque sean humildes. Si se viesen como son, les repugnaría, por eso se hacen una imagen irreal de sí mismos. Desconfían de todos, porque son escépticos, despreciativos, no se entusiasman por nada ajeno. Critican mucho a los que son como ellos sin darse cuenta de lo ridículo que es eso. Cuarto, se suelen rodear de gente insegura, a las que pueden dominar. Y tienen el placer perverso de hacérselos notar. Quinto, y esto es importante, son vengativos. Rencorosos. Nunca olvidan un agravio, real o imaginario. Están convencidos de que no los valoran como deberían hacerlo. Por eso también no les importa que todo se derrumbe a su alrededor una vez que ellos no estén. Sexto, pueden aparentar ser muy generosos con los lejanos y odiar a los próximos. Pero eso es un disfraz. Disfraza de amor su odio y disimula. Si premia a algunos es para hacer sentir mal a los otros. Que lo noten. Quieren ser admirados y temidos al mismo tiempo.
En fin, el resentimiento es una tentación horrible que destruye en primer lugar al “resentido” y por contagio, a todo lo que lo rodea. Hay que alejarse de ellos porque son lo más peligroso, sobre todo si son poderosos. Y tienden a buscar serlo.
—A mí, abuelo, me hacen acordar a…
—¡¡Ni se te ocurra decirlo…!! No te va a hacer bien. Los grandes males de la humanidad son fruto de almas resentidas que encajan en estas descripciones. La lista podría ser larguísima. Famosos y desconocidos. Castellani pone como ejemplo al emperador Tiberio, pero ustedes todavía no lo conocen… En el fondo todos son un eco del gran resentido de la Historia: Satanás. El gran desagradecido también. Si reconocés a alguien, rezá por él, porque son dignos de la mayor lástima. ¡Es muy difícil que se puedan curar!
—¿Por qué?
—Ante todo, porque nunca lo reconocerían. Te dije que eran grandes mentirosos que comenzaron mintiéndose a sí mismos. El remedio sería la humildad… pero solamente la alcanzarían por un milagro. Ojo que suceden… Ante todo hay que prevenirse porque siempre es una gran tentación. Hay que alejar todo resentimiento con la actitud contraria: el agradecimiento. Si ustedes son personas agradecidas a todo lo que reciben, evitarán ese peligro. La palabra ‘gracias’ es una vacuna que funciona. Y al ser agradecidos también aprendemos a perdonar. Gracias a Dios, en primer término. Gracias a tanta gente buena y generosa que existe y que, en el fondo, son la mayoría. Perdón a Dios porque nuestras malas obras lo ofenden. Perdón a los que nos rodean porque podemos, debemos ser mejores.
—¿Vos dijiste que los resentidos gobernaban el mundo…?
—Y, sí… Es probable que se los crucen hasta en los lugares menos pensados. Estamos bajo la tiranía de resentidos fue lo que les dije.
—Entonces, estamos fritos…
—No. Estamos complicados. Son tiempos difíciles, sí, pero fritos no estamos. Es cuestión de mantener siempre el fuego de la esperanza. Y la esperanza no defrauda, téngalo por cierto. Y como esta historia es triste, la próxima prometo contarles algo totalmente distinto. No se olviden.

 

Había una vez… un gaucho corajudo

Hoy nos vamos a la tierra del General Martín Miguel de Güemes. El gran Leopoldo Lugones, cuenta esta historia en su libro ‘La guerra gaucha’.
-¿Podemos leerlo abuelo?, preguntó el gran lector.
-Algún día… Lugones a veces escribía demasiado complicado… Amaba a su patria como pocos, eso sí. ¿Cómo se llama ese amor?
-¡Patriotismo!, contestaron los chicos. Y me alegraron el día.
-Esta es la historia de un gaucho valiente, y aunque no conocemos su nombre, tendría que tener un monumento allá en su Salta… pero bueno, lo tiene en estas páginas. Se acuerdan que San Martín le había encargado a Güemes que cuidase la frontera. Y si pudo cumplir la orden fue porque estaba rodeado de gente fiel: sus gauchos. Enfrentaban a un ejército más numeroso y mejor armado. Nuestra historia es un pequeño capítulo de esa epopeya.
Es noche oscura. Se oye el ruido de un campamento enemigo. Lugones lo cuenta así (yo se los simplifico un poco): “Un soplo de viento animó a los patriotas. Se pusieron de acuerdo con silbidos que imitaban a los pájaros nocturnos. Cinco sombras se escurrieron hacia el campamento enemigo. El fuego era un buen aliado para atacarlos sin armas... A toda la furia de sus caballos, arremetieron sobre los godos, palmeándose la boca; alto el rebenque, cargaron sobre las mulas que huyeron espantadas entre los gritos y el fuego”.
“¡A despertar!”, gritaban los godos mientras un clarín trataba de darles órdenes con desesperación. Una gran explosión marcó el pequeño triunfo del gauchaje. Era la carreta con la pólvora. En medio del fuego los españoles vieron a un jinete que atravesó la humareda y se perdió en la distancia aullando. Ahora lo divisaban. “Sable en mano, un jinete, uno solo, atacó… Muchos calaron bayoneta; pero enceguecidos todavía, no evitaron la carga. El temerario cruzó entre sablazos y aullidos”. Una exclamación… Un silencio… Otro galope. Y apareció otra vez. Se avalanzó sobre las bayonetas. Hirieron a su caballo, pero él salió ileso ante los soldados asombrados; corrió hacia el cerco gambeteando los tiros que lo acosaban, y esperó…
Los realistas atropellaron con sus espadas; treinta contra uno. Él se defendía. No podían dispararle. Descargaban contra el pobre gaucho todo el enojo que les despertaba el haber perdido sus cabalgaduras, ¡su pólvora! Ya no se le veía la cara: todo era sangre y heridas. Volvió a intentar defenderse. Ya no lo dejaron: con la culata de un fusil golpearon su cabeza... En ese momento, alguien ordenó desde la sombra: “¡No le maten!”.
Bajo unos árboles, el coronel rodeado de sus oficiales observaba al herido… El gaucho, sentado en una piedra, se desangraba. Estaba desnudo de la cintura arriba. Les ahorro la descripción de sus heridas que hace Lugones…
-Sí papá… por favor…, dijo una de mis hijas que estaba colada escuchando. Los nietos la miraron mal, reprochándoselo.
-Sin médico ni recursos, no podían socorrerlo. Eran enemigos, pero cristianos: a los heridos una vez terminado el combate, se los cura. Ya era tarde… y entre los godos surgió una gran compasión. Pasada la rabia lo admiraban en silencio, como rindiendo honor a la muerte heroica que estaba por conquistar. Uno solo, vencido, pero vencedor. El jefe, entristecido, reflexionó ante el moribundo: “No saben lo que hacen. Entronizan caudillos que los roban y los indisponen con la autoridad, y luego se matan unos a otros…”.
El gaucho escupió sangre y le preguntó con sus últimas fuerzas: “Coronel, ¿a qué hora me manda fusilar?”.
El jefe le preguntó: “¿Cuántos erais?”
-Cinco. Vea, iba para mi rancho y vi sus huellas. Por acá andan le dije a mi flete. Me topé con cuatro amigos y me acompañaron. Cerró la noche. Nada se veía. Creímos que serían unos diez... Y cuando vimos que eran unos más, ya no me quise volver...
-“Unos más”, sumaban ciento y tantos; pero la aritmética del hombre concluía en sus pulgares.
-¡Me entraron ganas de pelear!... Ustedes vayansé con las mulas, les dije a los otros. Me quedo para contarles. Me saqué la camisa y la guardé. Así somos los pobres, coronel, el cuero sana; pero la ropa no... Esperamos... les metimos fuego a esos campos... Y acabe usted el cuento, coronel…, le chantó al jefe en la cara su risa empapada en sangre.
-Entonces, ¿tú solo...?
-Solito, coronel.
-¡No mientas!
El jefe, casi en secreto, y sin advertir que ya no lo tuteaba, le reprochó: “¿Qué sabe usted de patria…?”
El herido lo miró en silencio. Con sus últimas fuerzas tendió el brazo hacia el horizonte, y, bajo su dedo, quedaron las montañas, los campos, los ríos, el país que la montonera atrincheraba con sus pechos, el mar, tal vez un trozo de noche... El dedo se levantó en seguida, apuntó a las alturas, permaneció así, recto bajo una estrella...
Debajo estaba todo: su rancho, sus abuelos, sus padres, sus hijos… los nietos que ya nunca conocería, el futuro de su gente… Y el silencio de una noche oscura, iluminada apenas por los restos de un fuego inextinguible. En ese momento uno de los oficiales se aproximó suavemente y dijo en voz baja: “Parece que ha muerto, mi coronel”.
Y se quedaron pensando y contemplando una victoria que se les escapaba para siempre…

  Había una vez…un alpino en Rusia Por  Franco Ricoveri   10.12.2024 - ¿Qué escuchás? – me preguntaron apenas entraron. - A un coro de solda...