Había una vez… mucho resentimiento

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Había una vez… mucho resentimiento

—¿Dónde abuelo?
—Por todas partes. Me da pena el mundo que les estamos dejando… Y para que nadie se crea aludido, les tengo que asegurar algo: hoy gobierna por todos lados el resentimiento, o, mejor dicho, estamos bajo la tiranía de los resentidos. Desde hace mucho, no es algo nuevo. Parece que, desde hace largas décadas, en todos los ámbitos de la sociedad, la jerarquía alcanza el poder con el combustible inextinguible del resentimiento. Y es justo ése, el vicio del que más tienen que huir…
—Si nos das nombres y ejemplos, quizás lo entienda mejor…
—ay, las nietas mujeres siempre quieren saber más… —No. Sería fácil, pero no puedo. No debo hacerlo. Es fácil mirar “la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, como dice Nuestro Señor. Así que, si te diera nombres, y eso que hay muchos, estaría faltando. Con el tiempo te los vas a ir cruzando: famosos, desconocidos, pero todos en el fondo, fracasados. Casi nunca reconocen cómo arruinaron sus vidas, ¡al contrario! Creen que los demás son los resentidos y predican condenando sus propios defectos. Sin verlos, claro. No me gusta hablarles de estas cosas, pero deben saberlas. Escuchen bien cómo son los “grandes resentidos” (la descripción se la robo al padre Leonardo Castellani): primero, suelen ser astutos. O pícaros, mejor. Hábiles para encontrar sus ventajas. Ambiciosos, aunque lo disimulen.
Segundo, en el fondo son tímidos, cobardones, muy precavidos. Tercero, son grandes mentirosos. Construyen sus propias realidades, creyéndoselas. Muestran a veces una exagerada humildad y austeridad, pero no por virtud, sino porque desconfían de los aduladores.
—¿Qué es eso abuelo? Siempre venís con palabras raras…, eso lo dijo el segundo de los nietos. ¡Tiene razón pobre!
—Los resentidos desconfían de los chupamedias, pero no porque sean humildes. Si se viesen como son, les repugnaría, por eso se hacen una imagen irreal de sí mismos. Desconfían de todos, porque son escépticos, despreciativos, no se entusiasman por nada ajeno. Critican mucho a los que son como ellos sin darse cuenta de lo ridículo que es eso. Cuarto, se suelen rodear de gente insegura, a las que pueden dominar. Y tienen el placer perverso de hacérselos notar. Quinto, y esto es importante, son vengativos. Rencorosos. Nunca olvidan un agravio, real o imaginario. Están convencidos de que no los valoran como deberían hacerlo. Por eso también no les importa que todo se derrumbe a su alrededor una vez que ellos no estén. Sexto, pueden aparentar ser muy generosos con los lejanos y odiar a los próximos. Pero eso es un disfraz. Disfraza de amor su odio y disimula. Si premia a algunos es para hacer sentir mal a los otros. Que lo noten. Quieren ser admirados y temidos al mismo tiempo.
En fin, el resentimiento es una tentación horrible que destruye en primer lugar al “resentido” y por contagio, a todo lo que lo rodea. Hay que alejarse de ellos porque son lo más peligroso, sobre todo si son poderosos. Y tienden a buscar serlo.
—A mí, abuelo, me hacen acordar a…
—¡¡Ni se te ocurra decirlo…!! No te va a hacer bien. Los grandes males de la humanidad son fruto de almas resentidas que encajan en estas descripciones. La lista podría ser larguísima. Famosos y desconocidos. Castellani pone como ejemplo al emperador Tiberio, pero ustedes todavía no lo conocen… En el fondo todos son un eco del gran resentido de la Historia: Satanás. El gran desagradecido también. Si reconocés a alguien, rezá por él, porque son dignos de la mayor lástima. ¡Es muy difícil que se puedan curar!
—¿Por qué?
—Ante todo, porque nunca lo reconocerían. Te dije que eran grandes mentirosos que comenzaron mintiéndose a sí mismos. El remedio sería la humildad… pero solamente la alcanzarían por un milagro. Ojo que suceden… Ante todo hay que prevenirse porque siempre es una gran tentación. Hay que alejar todo resentimiento con la actitud contraria: el agradecimiento. Si ustedes son personas agradecidas a todo lo que reciben, evitarán ese peligro. La palabra ‘gracias’ es una vacuna que funciona. Y al ser agradecidos también aprendemos a perdonar. Gracias a Dios, en primer término. Gracias a tanta gente buena y generosa que existe y que, en el fondo, son la mayoría. Perdón a Dios porque nuestras malas obras lo ofenden. Perdón a los que nos rodean porque podemos, debemos ser mejores.
—¿Vos dijiste que los resentidos gobernaban el mundo…?
—Y, sí… Es probable que se los crucen hasta en los lugares menos pensados. Estamos bajo la tiranía de resentidos fue lo que les dije.
—Entonces, estamos fritos…
—No. Estamos complicados. Son tiempos difíciles, sí, pero fritos no estamos. Es cuestión de mantener siempre el fuego de la esperanza. Y la esperanza no defrauda, téngalo por cierto. Y como esta historia es triste, la próxima prometo contarles algo totalmente distinto. No se olviden.

 

Había una vez… un gaucho corajudo

Hoy nos vamos a la tierra del General Martín Miguel de Güemes. El gran Leopoldo Lugones, cuenta esta historia en su libro ‘La guerra gaucha’.
-¿Podemos leerlo abuelo?, preguntó el gran lector.
-Algún día… Lugones a veces escribía demasiado complicado… Amaba a su patria como pocos, eso sí. ¿Cómo se llama ese amor?
-¡Patriotismo!, contestaron los chicos. Y me alegraron el día.
-Esta es la historia de un gaucho valiente, y aunque no conocemos su nombre, tendría que tener un monumento allá en su Salta… pero bueno, lo tiene en estas páginas. Se acuerdan que San Martín le había encargado a Güemes que cuidase la frontera. Y si pudo cumplir la orden fue porque estaba rodeado de gente fiel: sus gauchos. Enfrentaban a un ejército más numeroso y mejor armado. Nuestra historia es un pequeño capítulo de esa epopeya.
Es noche oscura. Se oye el ruido de un campamento enemigo. Lugones lo cuenta así (yo se los simplifico un poco): “Un soplo de viento animó a los patriotas. Se pusieron de acuerdo con silbidos que imitaban a los pájaros nocturnos. Cinco sombras se escurrieron hacia el campamento enemigo. El fuego era un buen aliado para atacarlos sin armas... A toda la furia de sus caballos, arremetieron sobre los godos, palmeándose la boca; alto el rebenque, cargaron sobre las mulas que huyeron espantadas entre los gritos y el fuego”.
“¡A despertar!”, gritaban los godos mientras un clarín trataba de darles órdenes con desesperación. Una gran explosión marcó el pequeño triunfo del gauchaje. Era la carreta con la pólvora. En medio del fuego los españoles vieron a un jinete que atravesó la humareda y se perdió en la distancia aullando. Ahora lo divisaban. “Sable en mano, un jinete, uno solo, atacó… Muchos calaron bayoneta; pero enceguecidos todavía, no evitaron la carga. El temerario cruzó entre sablazos y aullidos”. Una exclamación… Un silencio… Otro galope. Y apareció otra vez. Se avalanzó sobre las bayonetas. Hirieron a su caballo, pero él salió ileso ante los soldados asombrados; corrió hacia el cerco gambeteando los tiros que lo acosaban, y esperó…
Los realistas atropellaron con sus espadas; treinta contra uno. Él se defendía. No podían dispararle. Descargaban contra el pobre gaucho todo el enojo que les despertaba el haber perdido sus cabalgaduras, ¡su pólvora! Ya no se le veía la cara: todo era sangre y heridas. Volvió a intentar defenderse. Ya no lo dejaron: con la culata de un fusil golpearon su cabeza... En ese momento, alguien ordenó desde la sombra: “¡No le maten!”.
Bajo unos árboles, el coronel rodeado de sus oficiales observaba al herido… El gaucho, sentado en una piedra, se desangraba. Estaba desnudo de la cintura arriba. Les ahorro la descripción de sus heridas que hace Lugones…
-Sí papá… por favor…, dijo una de mis hijas que estaba colada escuchando. Los nietos la miraron mal, reprochándoselo.
-Sin médico ni recursos, no podían socorrerlo. Eran enemigos, pero cristianos: a los heridos una vez terminado el combate, se los cura. Ya era tarde… y entre los godos surgió una gran compasión. Pasada la rabia lo admiraban en silencio, como rindiendo honor a la muerte heroica que estaba por conquistar. Uno solo, vencido, pero vencedor. El jefe, entristecido, reflexionó ante el moribundo: “No saben lo que hacen. Entronizan caudillos que los roban y los indisponen con la autoridad, y luego se matan unos a otros…”.
El gaucho escupió sangre y le preguntó con sus últimas fuerzas: “Coronel, ¿a qué hora me manda fusilar?”.
El jefe le preguntó: “¿Cuántos erais?”
-Cinco. Vea, iba para mi rancho y vi sus huellas. Por acá andan le dije a mi flete. Me topé con cuatro amigos y me acompañaron. Cerró la noche. Nada se veía. Creímos que serían unos diez... Y cuando vimos que eran unos más, ya no me quise volver...
-“Unos más”, sumaban ciento y tantos; pero la aritmética del hombre concluía en sus pulgares.
-¡Me entraron ganas de pelear!... Ustedes vayansé con las mulas, les dije a los otros. Me quedo para contarles. Me saqué la camisa y la guardé. Así somos los pobres, coronel, el cuero sana; pero la ropa no... Esperamos... les metimos fuego a esos campos... Y acabe usted el cuento, coronel…, le chantó al jefe en la cara su risa empapada en sangre.
-Entonces, ¿tú solo...?
-Solito, coronel.
-¡No mientas!
El jefe, casi en secreto, y sin advertir que ya no lo tuteaba, le reprochó: “¿Qué sabe usted de patria…?”
El herido lo miró en silencio. Con sus últimas fuerzas tendió el brazo hacia el horizonte, y, bajo su dedo, quedaron las montañas, los campos, los ríos, el país que la montonera atrincheraba con sus pechos, el mar, tal vez un trozo de noche... El dedo se levantó en seguida, apuntó a las alturas, permaneció así, recto bajo una estrella...
Debajo estaba todo: su rancho, sus abuelos, sus padres, sus hijos… los nietos que ya nunca conocería, el futuro de su gente… Y el silencio de una noche oscura, iluminada apenas por los restos de un fuego inextinguible. En ese momento uno de los oficiales se aproximó suavemente y dijo en voz baja: “Parece que ha muerto, mi coronel”.
Y se quedaron pensando y contemplando una victoria que se les escapaba para siempre…

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Había una vez…una madre

-Abuelo, si San Martín es el padre de la Patria, ¿quién es la madre de la Patria?
-Ante todo, te diría que no sé si a San Martín lo llamaría así. Creo que ese título le correspondería a Don Cornelio Saavedra… Y obviamente no lo digo para desmerecer a nuestro Libertador, que fue el más grande de los argentinos, pero eso no significa que sea el “padre”. Tu pregunta es muy linda, porque, así como las personas necesitan a mamá y a papá, también podría decirse de las naciones. La primera respuesta que me surge es que la Madre es la Virgen María, que estuvo presente y acompañándonos desde que fuimos formándonos. En Itatí, Luján, el Valle, en Malvinas, ¡en todas partes! Pero podrías decirme que María también es Madre de los demás… y es cierto. Así que te voy a nombrar a otra: Santa María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida hoy como la Mamá Antula.
-¿Es la que pusieron hace poco en la Parroquia? -Exacto. La canonizaron recién este año, pero vivió en el siglo XVIII, cuando éramos un virreinato español. Nació en el año 1730.
-Y, entonces, ¿qué hizo para merecer ser llamada “madre de la Patria”?
-Creo que le debemos a ella una marca profunda que tuvo Argentina desde sus comienzos. Te cuento. Ella era santiagueña, muy bonita, de familia acomodada. Se dedicó desde joven a servir a Dios y por Dios a los demás, especialmente a los más necesitados, porque la caridad debe empezar siempre por los más débiles. Ayudaba a los padres jesuitas y lo hacía como “beata”. Así llamaban a algunas mujeres que se dedicaban totalmente a la vida religiosa sin ser monjas. Cuando en el año 1767 el rey de España mandó a expulsar a los jesuitas con muy malas razones, ella lamentó mucho que se perdiese la costumbre de los “Ejercicios Espirituales”. En estos Ejercicios, los cristianos se retiraban por unos días a rezar y pensar en Dios en cómo vivían. Y salían renovados. Como vio que había mucha necesidad y la gente quería hacerlos, empezó a recorrer el país organizándolos. Iba a una parte, hacía los primeros y dejaba que otros siguiesen con esa tarea para ir a otro lugar: Jujuy, Salta Tucumán, Catamarca, La Rioja, Córdoba y finalmente, Buenos Aires y Uruguay. Y un detalle: caminaba. Y caminaba descalza. ¡Hizo a pie más de 5.000 kilómetros! Y si esto les impresiona, más les va a impresionar la cantidad de gente que juntaba. Se las hago breve: se calcula que hicieron Ejercicios Espirituales con ella entre 80.000 y 100.000 personas, lo que significa cerca de un cuarto de toda la población de entonces del virreinato del Rio de la Plata. ¿Se dan cuanta lo que es eso? Por de pronto, la mayor parte de la clase dirigente que trabajó por nuestra independencia seguramente estuvo allí. Y además, no los hicieron solos. Las tandas eran de entre 200 y 400 personas cada una. Hombres y mujeres por separado. Después se juntaba gente de todos los estratos sociales: militares, esclavos, artesanos, doctores, sacerdotes… Y formaban una comunidad conviviendo en armonía. Adentro y afuera.
-¿Dónde se metía tanta gente?
-Primero en donde los invitasen, después, en Buenos Aires, construyó una gran casa que todavía existe y es la construcción civil más antigua de la ciudad. ¡Tendremos que ir! Es muy linda. Pero lo que me preguntaron es por qué me parece que la deberíamos recordar como madre de la Patria. Lo explico con dos hechos. El primero es que su labor fue la mayor obra evangelizadora argentina de todos los tiempos. Y dio frutos en Fe, Esperanza y Caridad. Lo segundo se desprende de esta última virtud. Vieron que los argentinos tenemos muchísimos defectos y todavía más cosas buenas. Entre las virtudes, una de las que más llama la atención es la hospitalidad. Somos en buena parte tierra de inmigrantes; ha venido a vivir entre nosotros gente de todo el mundo, y a todos se los recibió con afecto. No existen, por ejemplo, los graves problemas de racismo que hay en otros lados. Y eso se debe en gran medida a que aquellos hombres vivieron de manera fuerte esas virtudes católicas que se vivían en los Ejercicios. Y no digo “cristianas” en general, porque en occidente buena parte del racismo tiene raíces protestantes. Pero ese es otro tema. Santa María Antonia “construyó” una sociedad mejor brindándoles a los ejercitantes un “proyecto de vida” y ese “proyecto de vida” se transformó naturalmente en un proyecto de país. Un último detalle: estos “retiros” eran totalmente gratuitos, por eso podían ir todos. Para eso debería haber una gran fortuna que los sostuviera, pero no. Se confiaba en la Providencia y la Providencia nunca fallaba.
En fin, una madre quiere a sus hijos, los alimenta, los educa, los cuida… Eso es lo que ella hizo con nuestra gente. Hoy sigue siendo medio desconocida, sí, pero es grande en serio. Y por eso la llamamos “Mamá Antula”. Y un hijo siempre quiere a su madre, ¿no? -¡Sí! – dijeron todos sin dudarlo.


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Había una vez… Un gran cacique

- Abuelo, me quedé pensando en la historia que nos contaste el otro día sobre el gaucho de Güemes que se enfrentó solito contra más de 100 enemigos… ¿no habrá tenido miedo?
- Probablemente sí... En este caso, no lo sabemos, pero podemos pensar que ante todo era un hombre que sabía que tenía una misión, y que estaba preparado para cumplirla. Porque hay muchas clases de temores: unos que paralizan, otros que dan coraje.... El miedo es como un alarma natural ante el peligro. Los valientes saben evaluarla y, si vale la pena, jugarse por una buena causa. En aquella historia, la causa valía la pena, porque era parte de la táctica de su gran jefe, el General Güemes, y fueron esos pequeños combates los que frenaron al enemigo. Si la finalidad no fuese buena, el valiente solo sería un inconsciente, temerario se dice.
Los hombres valientes saben lo que tiene “valor”, pero, como en todas las cosas, es el habituarse a buscar ese bien difícil es lo que los hace virtuosos: son capaces de sacrificarse, de hacer algo “sagrado” por los demás. El extremo es “dar la vida por los demás”, pero hay muchas formas de ser valiosos… o valientes… y vencer los “temores”. Lo que es claro, es que cuando tenemos claro el “por qué” hacemos las cosas que tenemos que hacer, y “para qué”, los miedos se van venciendo. Y también pesa la ayuda de Dios y ejemplo de los demás. Si nos quedamos mirando sólo nuestras propias conveniencias, vamos a vivir con desconfianzas y nunca seremos capaces de luchar por las cosas buenas, bellas y verdaderas.
Pero esto me hace acordar que nunca les hablé del Comandante Andresito, el “Güemes de las Misiones”, ahijado de Artigas, ¡ese fue otro bravo de nuestra Historia! Y nos puede ayudar a entender mejor este tema.
- ¿Es el de la yerba?
- Bueno, reducirlo a eso me suena feo, pero sí, le da nombre a una ciudad allá en el Norte, zona productora de Yerba Mate, y su Cooperativa usa su nombre como homenaje. Lo lindo es que en los paquetes no se olvidan de mencionarlo: “Andrés Guazurarí, gran luchador por la libertad y soberanía misionera”. Y muchos de los que compran esa yerba, es la primera vez que se enteran de su existencia. Y eso a pesar de que le debemos buena parte de nuestro territorio (que defendió ante los portugueses del Brasil).
El Comandante Andresito nació el mismo año que San Martín, 1778, y en un pueblito muy cercano. Hacía pocos años que los masones de España habían expulsado a los jesuitas y las misiones guaraníes se iban despoblando, abandonando. El gran enemigo era el “bandeirante” portugués; iban a “cazar esclavos” a nuestras tierras. Eran verdaderamente salvajes asesinos que asolaban y destruían. Los guaraníes lo sabían, así que siempre estuvieron en pie de guerra defendiéndose y defendiendo nuestra tierra. Fue educado por el cura párroco de su pueblo. Uno de nuestros caudillos, José Gervasio Artigas, descubrió en Andresito grandes dotes de conductor y lo llamó su ”ahijado”. Juntos soñaron una tierra libre. A nuestro cacique le tocó, como les decía, una frontera mucho más difícil que la del mismo Güemes. ¿Se acuerdan cómo murió el “gaucho corajudo” del que hablábamos el otro día? Entre el respeto de un enemigo noble. Porque eran cristianos y al enemigo se lo respeta… Andresito tuvo que pelear siempre con un enemigo muchísimo más poderoso y del que sólo se podía esperar la muerte o la esclavitud. Quemaban, arrasaban… Y eso nos hace admirarlo especialmente por su valentía. Como corresponde a un verdadero jefe, él encabezaba sus tropas. Y al mismo tiempo que derrochaba valor, siempre mostraba su compasión. Tanto que alguna vez Artigas lo retó: “la clemencia debe comenzar recién cuando las armas enemigas sean vencidas y rendidas, no antes…”, le dijo. Cuando lean sus cartas se van a encontrar con un hombre culto, de profunda Fe cristiana, con buen corazón, pero, sobre todo, de una gran conciencia de su misión y destino. Cuando Artigas lo nombró: “Ciudadano, Capitán de Blandengues y Comandante General de las Provincias de Misiones”, cuando lo hizo su “ahijado”, hizo una de sus mejoras obras. - ¿Por qué, abuelo?
- Porque esa confianza que le dio no solamente hizo grande a su persona y lo convirtió en uno de nuestros grandes próceres, también hizo grande al pueblo guaraní y a los misioneros de hoy. Podríamos decir que Andresito fue el más grande luchador contra la esclavitud en nuestra tierra. Al ser derrotado, los brasileros se lo llevaron prisionero, atado, torturándolo. Poco se sabe acerca de cómo murió. Su tumba está perdida. Pero no su recuerdo, que crece todos los días y nos dice que siempre hay que luchar con valentía. Aunque existan los temores y aunque el enemigo sea más poderoso, el que lucha con justicia termina ganando. Siempre y aunque no lo parezca. ¡Brindemos, entonces, con un mate por él y por los amigos misioneros de Andresito!

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Había una vez… una tierra de gauchos

- Les aseguro que uno de los orgullos más grandes que podemos tener los argentinos es el de ser “tierra de gauchos”. Ustedes saben que cuando llega el día de la Tradición, no se “disfrazan” de gauchos y paisanitas, “se visten”. Y eso es más profundo. Es un homenaje y un recuerdo de lo que somos.
- ¿Y por qué algunos dicen que el gaucho no existe más, abuelo?
- Porque no saben lo que dicen… Nunca recorrieron nuestra tierra, no aman a nuestra gente. No saben que la “gauchada” es esa mano tendida que hemos tenido los argentinos siempre hacia todos los que la necesitaron. No hay pueblo más generoso, hospitalario, menos racista que el nuestro… Si alguno recorrió a fondo nuestros caminos lo pudo comprobar.
- ¿Entonces conocés muchos gauchos?
- Muchísimos, ustedes también. A veces se ponen las pilchas completas, otras simplifican un poco y se quedan en bombachas, alpargatas, boina, o ni siquiera eso… Pero lo principal no pasa por ahí, como siempre lo principal es una cuestión de espíritu. Ser gaucho casi les diría que es una forma de vivir: respetando nuestras raíces, amándolas, y por eso, siendo libres, valientes, serviciales. Señores de sí mismos. El gaucho es cantor, y como cantor, poeta, y como poeta, hombre profundo, amante de los silencios. Dueño y señor de sus silencios.
- Jaja, ahí te agarré, el otro día oías a un cantor que decía “le tengo rabia al silencio…” No me acuerdo por qué… pero le tenía rabia.
- Sí, Atahualpa Yupanqui dijo eso, pero eso no es propio del gaucho. Lo dejamos ahí… aunque daría para comentarte algo más. Usó un lugar común. No debería haberlo dicho. Es una injusticia con el silencio.
- Ja, ahora el abuelo va a empezar: “había una vez, el silencio”
- No estaría mal… pero me quedaría callado, porque al silencio se lo respeta.
- Es un chiste; contanos alguna historia de gauchos…
- Podría empezar contándoles historias heroicas, que las hay y muchas, pero la mayoría vivó vidas sencillas y está bueno empezar así. Esta historia nos la contó (y cantó) una chica correntina, Diana “de Iberá”. Es la historia del “mencho” Portillo, un gaucho de los “esteros” correntinos que un día salió con su canoa y toda su familia, mujer y cuatro hijos, a buscar un buen lugar en donde poder cazar y juntar unos pesitos para poder vivir. Los agarró en el medio de la laguna un temporal horrible. Las canoas allá son largas y finas, generalmente no enfrentan olas ni tormentas…
- Pero, ¿los gauchos no andan a caballo…?
- Sí, pero si son gente de río, también navegan y su canoa es como su caballo. Bueno, tan grande fue la tormenta que tumbaron y todos cayeron al agua. No pudieron salvar a los chicos. Desesperante. Así que cuando llegaron a la costa, los cuatro chiquitos ya estaban en el cielo. A tres pudieron llevarlos hasta un lugar seguro. Después caminaron y caminaron por lugares imposibles… Ni podemos imaginar lo que pasaron. Pantanos, barro, cortaderas. Llegaron llenos de heridas y las del cuerpo eran las menores. El mencho pidió ayuda para buscar los cuerpos de los hijos, a los que había dejado al cuidado de los ángeles. Los encontró, los llevó y enterró en el cementerio del “pueblito azul”, la Colonia Carlos Pellegrini. Tres pequeñas cruces rojas recordaban a “los angelitos de los esteros”. Faltaba una. Los pobres padres desaparecieron un tiempo del pueblo, hasta que un día “el mencho” volvió. Contó que había soñado que encontraba el cuerpo del cuarto hijo y quería buscarlo. ¿Lo habrán tratado de loco? Quizás… La cosa es que fue y… - ¡Lo encontraron!
- Sí, como esperando que le hicieran un lugar con sus hermanitos. Y allí está hoy, como el recuerdo de un padre gaucho, que no abandona a sus hijos ni después de muertos. Cuatro cruces que no hablan solo de muerte, porque la cruz es puerta de eternidad. Una historia triste, sí, pero que nos recuerda un amor fundamental. Y que al dolor siempre se lo respeta porque encierra un misterio. Una historia simple, sin más, que conocemos porque otro paisano, don José Ramón Frete, le puso música para que no se la olvide. Hoy la canta su hija Diana, porque ser gaucho es respetar la memoria de nuestra gente, de nuestras cosas, de la vida y de la muerte. Como esas cuatro cruces chiquitas. Cruces de gente simple, de gente gaucha.
- ¡Como nosotros!
- Como ustedes…

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Había una vez… un aviso fúnebre

Y sí, el título no vende ni un poquito… Más si les escribo a mis nietos… Pero debo darles una noticia: el mismo día en que les contaba la historia de Don Pucho Águila (ahora sé que su nombre es Luis Alfredo), ese mismo día, después de volver a su querencia, allá al fondo del Lago Puelo, ese mismo día moría al cuidado de sus sobrinos, Analía y Sebastián. Allí hoy está su tumba, a la orilla del río. Ese río que lo vio nacer, lo vio crecer y, como él quería, lo vio morir. Rodeado de sus paisajes, de sus animales, de sus vecinos y amigos. De los que pudo despedirse, por un rato nomás, hasta el reencuentro. Hasta allí les voy a contar a los chicos, lo demás me lo quedo rumiando.
Lo que era una noticia pequeñita, aunque noble y fundamental, hoy, gracias a la “nota necrológica” que publicaron sus sobrinos tiene “caras”. Por de pronto la de Don Pucho. ¡Linda cara franca de paisano! Su casa era el paso obligado para subir el Cerro Plataforma, sus mates y tortas fritas también. Seguramente transmitía el amor por su pago que marcó su final. Una muerte digna suele ser el premio de una vida digna.
La nota, publicada por sus sobrinos en las redes dice así: “Luis Alfredo Águila Don Pucho’. Nació en el paraje El Turbio y falleció el 24 de septiembre de 2024 a los 73 años. Luis Alfredo Águila, conocido como ‘Don Pucho’, decidió regresar a su querido paraje El Turbio, el lugar donde nació, para pasar sus últimos días rodeado de su casa, sus animales, y poder despedirse de sus vecinos y amigos.
Durante muchos años, Don Pucho custodiaba el Cerro Plataforma, recibiendo a visitantes y guiándolos para que disfruten de ese lugar tan maravilloso.
El 24 de septiembre de 2024, Don Pucho falleció en su morada, y fue despedido con gran cariño por su familia, amigos y vecinos, quienes lo acompañaron en su deseo de ser sepultado en la costa del Río Turbio.
Agradecemos profundamente a todos los profesionales de la salud del Hospital de Esquel, Prosate de Esquel, Hospital de El Hoyo y los Cuidados Paliativos de El Bolsón por su compromiso y dedicación. También extendemos nuestro agradecimiento a amigos y familiares por acompañarnos durante su lucha contra el cáncer”.


“HAY QUE AGRADECER”
En realidad, si una nota necrológica no es una nota de agradecimiento, pasa algo malo. Hay que agradecer. Siempre. Por eso le escribí a José Alberto Lobos. Me contestó muy afectuosamente. Es el Jefe del Servicio de Cuidados Paliativos del hospital de El Bolsón. Señalo algo muy noble de su parte: se corrió de la historia para dejarles el lugar protagónico a Don Pucho y a sus sobrinos. Demuestra grandeza de alma. Y quizás hubiese tenido que respetar ese silencio autoimpuesto, no estoy seguro… Porque el mundo, nuestra patria, necesita conocer estas historias para poder vivir, y llegada la hora, para poder morir como Don Pucho. Dignamente.
Me imagino que la labor de esta linda gente debe ser dura. Porque a veces se podrá ayudar, como en este caso, y otras no. Son muchos los que mueren en soledad. Y son muchos también los que, llegando a ese momento, cuando miran para atrás se encuentran con un vacío. Quienes hubiesen debido estar no están… Tarea heroica, sin ninguna duda. Por suerte hay historias como la de Don Pucho.

Hubo un tiempo en que se acompañaba el dolor de los moribundos y se atesoraba la memoria de los difuntos. Muchos de nuestros mayores, lo primero que hacían cuando recibían el diario era mirar los avisos fúnebres. No por morbosidad, claramente. Era parte del respeto debido. Había que rezar, había que dar el pésame (si se podía presencialmente, mejor). Y por supuesto, había que recordarlo. Hoy parece que el mundo quiere mirar para otro lado. No hay más avisos fúnebres, no hay notas necrológicas. Hay que pensar en otra cosa rápidamente. Triste. Ni siquiera cuidamos a los enfermos o a nuestros mayores. Más triste aún: suicida.
Por eso, sinceramente creo que la muerte de Don Pucho merece recordarse: por él, por José Alberto Lobos y su gran equipo, por sus sobrinos Analía y Sebastián, por todos los que se conmovieron con esta historia. Historia que, muy lejos de hablarnos de “muerte”, nos habla de vida.

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Había una vez… una querencia

– La historia de hoy es de hace pocos días: el último capítulo de la vida de Don Pucho Águila, paisano del Paraje El Turbio, en el Lago Puelo, Chubut.

– ¿Es amigo tuyo?, me preguntaron los nietos.

– Me encantaría que lo fuese… pero no lo conozco. Es más, me costó encontrar una foto con su cara, quería verlo. Se hizo famoso hace unos días porque está muy enfermo y quiso volver a su “querencia”.

– ¿Qué es eso?

– El lugar que uno quiere especialmente, la propia tierra, muchas veces, el lugar donde se ha nacido. Una palabra linda, porque sólo tiene querencia el que quiere a su tierra y a su gente. La historia impactó mucho en la Patagonia (a Buenos Aires esas historias no le interesan). La resumo: Don Pucho nació en un lugar tremendamente lindo y olvidado. En la punta de un lago, adonde no hay rutas que lleven. Un paraje rural. Las pocas familias que quedan son descendientes de los primeros pobladores. Tienen una escuela Primaria, aunque por lo que supe, ¡con un solo alumno!

– ¡Qué triste debe ser para él! – Para todos… Una escuela es esperanza… Ni siquiera vi que tuviesen una capillita. Tendríamos que ir a visitarlos.

– ¡Sí! – gritaron entusiasmados siempre con una excursión.

– Bueno, para llegar hay que ir a la otro punta del lago, conseguir una lancha, navegar unos 15 kilómetros. Llegar a un muelle, subirse a un tractor o caminar unos 4 kilómetros más y ahí se llega al lugar más poblado. La casa de Don Pucho está todavía un poco más lejos: hay que montar a caballo (o caminar) y remontar el río un poco más de 10 kilómetros. Toda una aventura. Pero el problema es que Don Pucho está enfermo… Es soltero, mayor, con una sobrina y viven solos en la montaña… Él quería ir a vivir sus últimos días a “su querencia”. Complicado. Las noticias dicen que fue el empuje de uno de sus enfermeros el que logró esa pequeña hazaña: que respeten su decisión, ¡y poder llegar a su casa enfermo como está! José Lobos, se llama. También ahí vemos otra figura importante: la sobrina de Don Pucho, que se hace cargo de su cuidado aprendiendo nociones de enfermería. Fíjense que lindos personajes. Un enfermo, Don Pucho, que ama tanto a su tierra que no quiere morir lejos. Un enfermero, Don José, que se juega para hacer un gran acto de caridad. ¡Y la sobrina! Que sabe que no va a tenerla fácil, pero también que el amor siempre obliga (y recompensa). Lamento no saber su nombre. En un mundo que se olvida de los ancianos esta es una gran historia. Y vamos a mirar a nuestros pequeños héroes.

Primero a Don Pucho. Es, como les dije, descendiente de los primeros pobladores, de los que fueron a ese lugar cuando era tierra salvaje. Si hoy es complicado llegar, hace más de 100 años debe haber sido una locura. Su tierra hoy está dentro de un Parque Nacional y eso para los pobladores es malo, porque siempre la política de Parques es la de considerarlos un elemento extraño. Para muchos ecologistas, el hombre es enemigo de la naturaleza, ¡una locura! De hecho, esta gente no puede ser los dueña de su propia tierra, aunque tengan todos los derechos. Don Pucho eso lo sabe, como lo saben sus vecinos. Saben que, si la abandonan, muchos festejarán. No es solamente el vivir sus últimos tiempos en el lugar que nació, ver sus montañas, oír sus pájaros… Es algo más fuerte, ¿se dan cuenta?

– Sí abuelo… no sé si es cierto que ahora puedan darse cuenta, me digo, pero todo queda.

– Don Pucho sabe que su tumba será una pequeña bandera de argentinidad en la frontera; sabe que la Patria es eso que pisa y ama: la tierra de sus padres. Encontré en la web algunos detalles. Como su casa estaba de camino al acceso de un cerro, la gente que pasaba se detenía y charlaba. ¡Eran famosas sus tortas fritas! Pero más famosa era su gentileza y hospitalidad. Porque el que ama su tierra sabe que en el fondo es un regalo de Dios y, eso se comparte. Recemos por este amigo porque enfrenta una batalla difícil.

– El otro es Don José, el enfermero. Lo poco que sé de él alcanza para darle categoría de campeón. Hoy el mundo se llena de palabras lindas frente a los “adultos mayores”, y al mismo tiempo, comete hechos espantosos. ¡Cuántos ancianos viven abandonados! ¡Cuántos mueren entre la indiferencia de los que lo rodean! Don José (recuerden que llamar “Don” a alguien es reconocerlo importante), podría haber mirado para otro lado, pero no, se comprometió y se jugó. También recemos por él, para que Dios lo fortalezca en su misión.

– Y la sobrina. Ella es la “estrella” de estos días. Porque le toca una tarea difícil, pero que le llenará el alma para siempre. Trataré de averiguar su nombre. Recemos también por ella, ¡y por los vecinos del Paraje El Turbio! Para que sepan amar y cuidar su querencia hasta el último día. Como Don Pucho.

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