Había una
vez un país educado
- Hoy pocos lo recuerdan, pero en estas tierras alguna
vez hubo un pueblo educado.
- Y, ¿qué pasó que
terminamos así?
- Se perdió la brújula, nos
desorientamos… es una historia triste y no quiero amargarlos.
- Bueno, pero ya empezaste,
así que… a seguir.
- No quiero ser pesado,
pero, ¿para qué creen que papá y mamá los educan a ustedes?
- ¡Para ser buenos!
- Ahí está el problema:
antes todos los padres querían que sus hijos fuesen buenos y se esforzaban por
educarlos. Cuando crecían, los mandan a un lugar donde esperaban que los quisieran
como ellos los querían y siguieran educándolos para ser buenos. Ese lugar era
la escuela. En otros tiempos las escuelas eran muy sencillitas, muchas se
fueron formando alrededor de las parroquias o de gente generosa, y se aprendía
lo esencial para cumplir eso que ustedes dicen: ser buenos. Si alguno
sobresalía, seguía estudiando en la Universidad. En nuestra tierra la más vieja fue la de la
ciudad de Córdoba, fundada por la Iglesia en el año 1613. Y allí se seguía aprendiendo
con el mismo fin: ser buenos. Porque cuando uno es grande el ser bueno
significa, además de portarse bien, servir a los demás. Y así, teniendo clara
la dirección (la brújula, recuerden que es ese relojito que les regalé para que
miren bien hacia dónde van), los argentinos marcharon por muchos años. Eso no
implica que no hubiese gente que se portase mal… siempre hubo y habrá malandras,
pero la educación que recibían les señalaba justamente que su obligación era “obrar
bien”. Y en ese clima, hasta los que no habían podido ir a la escuela sabían
cómo debían portarse, porque el que se porta mal termina mal siempre. Y en ese
sentido “eran educados”. Nuestro pueblo, señalan los viajeros de aquellos
tiempos, era muy amable, cortés… A
todos les llamaba la atención una virtud bien nuestra: la gente era sencilla,
abierta, hospitalaria. Y eso es “ser educado” y, como saben, es algo que se
aprende en la familia, con mamá y papá, con los abuelos. “Gente gaucha”
decimos todavía, en la que podés confiar, porque sabés que si lo necesitás, te
van a ayudar.
- ¿Qué pasó entonces que se
fue arruinando todo?
- Como les decía, la brújula
empezó a marcar mal y la gente se desorientó. Las escuelas se fueron echando a
perder lentamente, En vez de enseñar el bien terminaron negando que ese bien
existía y lo que vino fue terrible: primero expulsaron a Dios de las escuelas
y, después a las mismas familias. ¿Qué enseñaban? Ideologías de turno. Había un
horror por enseñar realidades. ¿Qué son las ideologías? Macaneos para engañar,
lejanos de la realidad de las cosas. La nueva dirección fue la misma en todos
lados: el estado quiso ocupar el lugar de la familia y para eso tenía que
destruirla. Esto pasó en el mundo comunista, en el capitalista, en todas
partes, ¡fue como un tsunami! A la
familia se le quitó autoridad sobre sus hijos, fomentó su desunión, confundió…
Cualquier cosa “era familia” o, como decían “nuevos tipos de familia”. ¡Hasta
se nos prohibió llamar “papá” al papá y “mamá” a la mamá…! Había que llamarlos progenitor 1 y 2. ¡Se dan
cuanta? ¡”Mamá” y “papá” eran malas palabras! ¡¡Locos…!! Daba lo mismo tener un
perrito que un hijo. Claro que no pensaban que el perrito los fuera a cuidar
cuando se pusieran viejos, no, ¡nadie pensaba en el futuro! Lo importante era
estar bien hoy y disfrutar. ¿Y la escuela? La escuela dejó de enseñar, ya nadie
aprendía. Los maestros que sabían ya no tenían fuerzas, aunque muchos ya ni siquiera
sabían cómo hacerlo. Pasaron los años,
se llegaba a secundaria sin saber leer ni escribir mínimamente bien. Los padres
ya no tenían autoridad sobre sus hijos, estaban confundidos, creían (o les era
como creer) que si los dejaban hacer lo que quisieran iban a ser felices. Y no,
no fue así. No fueron felices. Así, el derrumbe que no para...
Les dije que era una historia triste…
- Pero abuelo, ¿nadie hacía
nada para cambiar?
- La verdad es que no; se
preocupaban solamente porque no les alcanzaba el dinero para comprar todas las
cosas que no necesitaban. Hablaban sí, pero con palabra falsas. Muchos jóvenes
se iban a otros países, pero allá no estaban mucho mejor. Los que tenían que
mandar ya no estaban capacitados para poder corregir el rumbo, eran burros y
encima casi todos malvados… El ladrón no solo cree que todos son ladrones,
“quiere” que todos lo sean.
- Abuelo, esta historia no
es triste, es horrible…
- Horrible es para los que
no tienen la virtud de la Esperanza. Para los que la tienen, como la tenemos
nosotros, esta historia es simplemente intrigante. Mientras tanto, como nos
educaron bien, no solamente no perdemos la confianza, sino que la alimentamos
tratando de ser cada vez más buenos. Así de simple. Así de verdadero. Así de
lindo. Y por eso, para compensar lo dicho, ¡vamos a pescar que la tarde promete!






