Había una vez un país educado

- Hoy pocos lo recuerdan, pero en estas tierras alguna vez hubo un pueblo educado.

- Y, ¿qué pasó que terminamos así?

- Se perdió la brújula, nos desorientamos… es una historia triste y no quiero amargarlos.

- Bueno, pero ya empezaste, así que… a seguir.

- No quiero ser pesado, pero, ¿para qué creen que papá y mamá los educan a ustedes?

- ¡Para ser buenos!

- Ahí está el problema: antes todos los padres querían que sus hijos fuesen buenos y se esforzaban por educarlos. Cuando crecían, los mandan a un lugar donde esperaban que los quisieran como ellos los querían y siguieran educándolos para ser buenos. Ese lugar era la escuela. En otros tiempos las escuelas eran muy sencillitas, muchas se fueron formando alrededor de las parroquias o de gente generosa, y se aprendía lo esencial para cumplir eso que ustedes dicen: ser buenos. Si alguno sobresalía, seguía estudiando en la Universidad.  En nuestra tierra la más vieja fue la de la ciudad de Córdoba, fundada por la Iglesia en el año 1613. Y allí se seguía aprendiendo con el mismo fin: ser buenos. Porque cuando uno es grande el ser bueno significa, además de portarse bien, servir a los demás. Y así, teniendo clara la dirección (la brújula, recuerden que es ese relojito que les regalé para que miren bien hacia dónde van), los argentinos marcharon por muchos años. Eso no implica que no hubiese gente que se portase mal… siempre hubo y habrá malandras, pero la educación que recibían les señalaba justamente que su obligación era “obrar bien”. Y en ese clima, hasta los que no habían podido ir a la escuela sabían cómo debían portarse, porque el que se porta mal termina mal siempre. Y en ese sentido “eran educados”. Nuestro pueblo, señalan los viajeros de aquellos tiempos, era muy amable, cortés… A todos les llamaba la atención una virtud bien nuestra: la gente era sencilla, abierta, hospitalaria. Y eso es “ser educado” y, como saben, es algo que se aprende en la familia, con mamá y papá, con los abuelos. “Gente gaucha” decimos todavía, en la que podés confiar, porque sabés que si lo necesitás, te van a ayudar.

- ¿Qué pasó entonces que se fue arruinando todo?

- Como les decía, la brújula empezó a marcar mal y la gente se desorientó. Las escuelas se fueron echando a perder lentamente, En vez de enseñar el bien terminaron negando que ese bien existía y lo que vino fue terrible: primero expulsaron a Dios de las escuelas y, después a las mismas familias. ¿Qué enseñaban? Ideologías de turno. Había un horror por enseñar realidades. ¿Qué son las ideologías? Macaneos para engañar, lejanos de la realidad de las cosas. La nueva dirección fue la misma en todos lados: el estado quiso ocupar el lugar de la familia y para eso tenía que destruirla. Esto pasó en el mundo comunista, en el capitalista, en todas partes, ¡fue como un tsunami!  A la familia se le quitó autoridad sobre sus hijos, fomentó su desunión, confundió… Cualquier cosa “era familia” o, como decían “nuevos tipos de familia”. ¡Hasta se nos prohibió llamar “papá” al papá y “mamá” a la mamá…!  Había que llamarlos progenitor 1 y 2. ¡Se dan cuanta? ¡”Mamá” y “papá” eran malas palabras! ¡¡Locos…!! Daba lo mismo tener un perrito que un hijo. Claro que no pensaban que el perrito los fuera a cuidar cuando se pusieran viejos, no, ¡nadie pensaba en el futuro! Lo importante era estar bien hoy y disfrutar. ¿Y la escuela? La escuela dejó de enseñar, ya nadie aprendía. Los maestros que sabían ya no tenían fuerzas, aunque muchos ya ni siquiera sabían cómo hacerlo.  Pasaron los años, se llegaba a secundaria sin saber leer ni escribir mínimamente bien. Los padres ya no tenían autoridad sobre sus hijos, estaban confundidos, creían (o les era como creer) que si los dejaban hacer lo que quisieran iban a ser felices. Y no, no fue así. No fueron felices. Así, el derrumbe que no para...  

Les dije que era una historia triste…

- Pero abuelo, ¿nadie hacía nada para cambiar?

- La verdad es que no; se preocupaban solamente porque no les alcanzaba el dinero para comprar todas las cosas que no necesitaban. Hablaban sí, pero con palabra falsas. Muchos jóvenes se iban a otros países, pero allá no estaban mucho mejor. Los que tenían que mandar ya no estaban capacitados para poder corregir el rumbo, eran burros y encima casi todos malvados… El ladrón no solo cree que todos son ladrones, “quiere” que todos lo sean.

- Abuelo, esta historia no es triste, es horrible…

- Horrible es para los que no tienen la virtud de la Esperanza. Para los que la tienen, como la tenemos nosotros, esta historia es simplemente intrigante. Mientras tanto, como nos educaron bien, no solamente no perdemos la confianza, sino que la alimentamos tratando de ser cada vez más buenos. Así de simple. Así de verdadero. Así de lindo. Y por eso, para compensar lo dicho, ¡vamos a pescar que la tarde promete!




 

Había una vez un pueblo  

 

Había una vez un pueblo que no tenía bandera propia. Quizás fuese porque era pobre, o porque estaba tan lejos de todo y entonces a pocos le importaba… Un día, antes siquiera de nacer del todo, pensó que iba a tener que necesitarla, porque una expedición pirata llegó a sus costas Los invasores estaban bien pertrechados, con muchos miles de soldados y más de cien barcos. Del otro lado, el nuestro, había criollos corajudos, pero poco armados y desorganizados. Cuando llegaron los piratas, algunos soñaron con ser sus amigos y trabajaron para ellos. Pasa siempre. En la primera ola de invasión lograron tomar el puerto y allí los traidores se dieron cuenta de que nunca pasarían de ser sus siervos. Igualmente, como en la mente del traidor sólo hay ambiciones y orgullo, sus descendientes todavía creen que, si los piratas hubiesen ganado, estaríamos mejor. Quizás es así porque, aunque creídos, eran brutos y nunca supieron lo que pasaba en África, la India u otros tantos lugares conquistados por ese reino.

Lo cierto es que los criollos, desorientados ante tanto poder, se retiraron y la ciudad quedó por unos días en manos del invasor. Este olvidado país (aunque todavía no era independiente) fue abandonado por quienes debían protegerlo. En el reino había unos reyes tan, pero tan torpes que todo lo arruinaban. “¡Arréglense como puedan!” fue lo que nos dijeron.

Pero el criollaje no quería ser esclavo, y cuando apareció un jefe que supo ordenarlos, no solamente echaron a los piratas, sino que, cuando al poco tiempo quisieron volver con una expedición tremenda y sangre en el ojo, los corrieron a escobazos y piedrazos. Porque tenían honor, coraje y amaban su tierra. Al jefe lo nombraron Virrey y Conde de Buenos Aires, pero es complicado ser vice de un mal rey, así que esa historia que empezaba bien, terminó con él tristemente.

- ¿Y la bandera? Porque la historia comenzó con un país que no tenía bandera…

Es curioso, en esta historia, las banderas que importan son las del enemigo pirata: todavía las guardamos y varias de ellas pueden verse en el Convento de Santo Domingo, cerca de la Plaza de Mayo. Nos recuerdan lo que no queremos ser. Pero, me corrijo, ni siquiera ellas importan gran cosa. La gran “bandera”, que no era una bandera pero que con el tiempo la inspiraría, es nuestra ”marca” y está a pocos metros y en la misma basílica porteña. Es la Virgen del Rosario “de la Reconquista”, a cuya intercesión Don Santiago de Liniers, atribuyó la victoria sobre los piratas. Y eso era muy cierto, basta ver los números de aquella epopeya. Con el tiempo y de la manos del General Manuel Belgrano llegó una bandera propiamente dicha, que estaba inspirada en la misma patrona: Santa María, la que le dio el nombre a Buenos Aires y la que marcó nuestro destino desde siempre. Y todo esto pese a los piratas, pese a sus cómplices de ayer y hoy, y también pese a que, a veces, hasta los mismos criollos que la amamos, somos ingratos y olvidamos. Pero ella espera, sabedora de que el triunfo ya se alcanzó.


https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-un-pueblo-547921.note.aspx


Había una vez…

un explorador     

- Te prometí en la última charla que te iba a seguir hablando del Perito Francisco Moreno, ese “gigante” generoso y olvidado. Entonces empezamos por el final de su vida, ahora con el principio. Francisco era un chico inquieto, como ustedes. Todo le interesaba, todo lo averiguaba...  El otro día te conté cómo sus últimos años los dedicó a los jóvenes, a su cuidado, alimentación, educación. Su mamá, Juana, murió cuando él tenía 15 años, cuidando un enfermo en una epidemia terrible que hubo de cólera en 1867. “A su ejemplo debo mi irresistible afecto a los infelices necesitados…” - escribió. Su padre no fue menos importante. Como descubrió temprano que Pancho (así le decía él; sus hermanos, más pícaros, lo llamaban “el fósil”), tenía inquietudes especiales, siempre las alentó. En el viejo Colegio San José lo fascinaron las historias que contaba un hermano celador acerca de los viajes y exploraciones de los misioneros, y se puso a leer todos los libros de aventuras que se le cruzaban. Y así, también iba soñando su futuro. Y el nuestro, porque no seríamos hoy lo que somos sin “el fósil” de Moreno. Paseando con su padre y hermanos por el río, encontró unas piedras de canto rodado que le encantaron y fueron las primeras piezas de su primer Museo.  De allí no paró, empezó a recolectar todas las huellas del pasado que encontraba. Y su padre no sólo lo alentaba: primero le dio unas habitaciones para que hiciera su “museo” y, después, cuando se mudaron a una quinta, le construyó el “Museo Moreno”, un pequeño edificio con forma de templo griego en el que expuso todas sus colecciones. Me encanta esta anécdota: quizás uno de los sabios más importantes de la época era el Dr. German Burrmeister, alemán, paleontólogo de fama internacional, Director entonces del Museo Público de Buenos Aires.  Moreno tenía solo 12 años y con sus hermanos se arman de coraje y lo van a visitar. Burmeister era, como les decía, un hombre muy importante, de 60 años, los recibe con mucho afecto y todo el tiempo del mundo. Mira sus colecciones, les pregunta, los oye… Los chicos lo invitan al Museo Moreno, y casi de inmediato el sabio alemán los va a visitar. Allí nació una amistad, despareja en edades, pero profunda en quereres. Allí “explotó” la vocación de “Pancho, el fósil”.  Ahí nace “el Perito”. En el afecto de un buen maestro nacen tesoros, recuérdenlos siempre, porque el viejo doctor le cambió la vida al chico casi solo con un gesto. Y la cosa fue mutua…

- Abuelo, ¿qué tiene que ver con el famoso ventisquero que lleva su nombre?

- Bueno, doy una vueltita para contestarte de muchos miles de kilómetros. A partir de sus 20 años, se convierte en “explorador”. ¡El más grande que tuvimos! Sus viajes por la Patagonia fueron pioneros, llegó a donde nadie antes había llegado. Algún día tendrán que leer sus Memorias, en verdad que emociona leer cuando se encuentran por primera vez con el lago Nahuel Huapi y descubre todo lo que llamamos hoy San Carlos de Bariloche… Sus expediciones por Santa Cruz… Lo nombraron “perito” argentino en el momento en que se marcó bien la frontera con Chile.  Probablemente nadie recorrió la cordillera de los Andes como él. Ojo: ¡a mula, a caballo, a pie…!  Miles y miles de kilómetros. Gracias a su trabajo muchísimos kilómetros cuadrados siguen perteneciéndonos. Como te decía un verdadero prócer, y un prócer olvidado. Y en este relato nos salteamos gran parte de las cosas que hizo, especialmente el Museo de la Plata, al que los tengo que llevar. Apenas entremos, vamos a ver las primeras piedritas que juntó en el río cuando era chico.

Como les decía la vez pasada, sus últimos años los pasó pensando en nuestro futuro, buscando soluciones y obrando en consecuencia, porque a lo largo de sus kilómetros recorridos, vio los paisajes más lindos del mundo y, al mismo tiempo, miserias humanas horribles. Indignas. Como nos pasa ahora. Pero un final así de generoso se alcanza solo con una vida coherente y la coherencia siempre se aprende con el ejemplo de los mayores.

 


 https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vezun-explorador--547254.note.aspx 


 

Había una vez…

un Perito

 

Había una vez un gran hombre llamado Francisco Pascacio Moreno, pero todos lo conocían como “el Perito”, que quiere decir: experto, ducho, hábil, inteligente, dispuesto y muchas otras cosas que lo describen bien. Lo llamaron así especialmente por su trabajo fijando los límites de la frontera con Chile, pero lo merece por todo lo que hizo. Fue uno de los más grandes hombres de la Patria explorador, científico, escritor, educador, político… Fue muchas cosas, pero todas con un mismo fin. A los grandes hombres se los mide por su “capacidad de servicio”, le deberíamos dedicar varias de estas charlitas, ya que su nombre, hoy casi olvidado, tendría que estar al lado de San Martín, Belgrano o Güemes. Y esta historia se la voy a contar de atrás para adelante. 

El día en que se murió, en su entierro, no hubo nadie del gobierno. A él le debíamos tantas, pero tantas cosas que fue imperdonable, solo el diario La Prensa lamentó ese hecho quejándose: “¿No saben en el gobierno todo lo que le debemos?” Cuando hace poco (2019) se cumplieron los 100 años de esa muerte, casi nadie lo recordó. Su memoria parece perdida: “¿no sabían en el gobierno todo lo que le debemos?”

- Abuelo, ¿es una Historia triste?


- No… Bueno un poquito sí, porque habla de ingratitudes, pero como habla de un “gigante”, te va a gustar.  Al morir tenía estrechado a su corazón un relicario con un fragmento de la Bandera de los Andes. Lo merecía. Sobre su escritorio había un papel con esta confesión: “¡Cuánto quisiera hacer, cuánto hay que hacer por la patria! Pero ¿cómo, cómo? ¡Tengo sesenta y seis años y ni un centavo! ¿Cuánto valen los centavos en estos casos...? ¡Yo que he dado mil ochocientas leguas a mi patria y el Parque Nacional, donde los hombres de mañana, reposando, adquieran nuevas fuerzas para servirla, no dejo a mis hijos un metro de tierra donde sepultar mis cenizas!”

Es cierto, sin él, nuestro mapa sería muy distinto. Y las 25 leguas cuadradas (¡más de 12.000 hectáreas! ) que el gobierno le había cedido en uno de los lugares más lindos del país, el Lago Nahuel Huapi, las cedió para hacer obras de beneficencia para los chicos más pobres: escuelas, comedores. “Un niño con barriga vacía -decía-, no puede aprender a escribir la palabra pan.”   Siempre se hizo cargo él mismo de todo lo que podía, aún más allá de sus fuerzas.

¿Te acordás cómo te gustaba el cuento “El gigante egoísta”?  La historia del Perito tiene algo parecido, podría llamarse la del “gigante generoso”. Sus últimos años los dedicó, como les decía, a tratar de ayudar a los más necesitados. Y los descubrió a mirando a su alrededor, cuando se encontró con unos muchachitos que intentaban entrar en su quinta a robar fruta. ¿Y qué hizo entonces? ¿Los echó? No, les abrió el portón de su casa a esos chicos, que provenían de los basurales, de la “quema” y de un barrio siempre inundado al que llamaban por eso “de las ranas”. Comedores, escuelas y pensar, mucho pensar para encontrarle la salida a estas desgracias. Y empezó en su propia casa. Ahí te muestro una foto de los primeros chicos a los que alimentó.

Como ves, no les daba lo que le sobraba, les daba “todo lo que tenía”. Y le puso un lindo nombre: “Obra de la Patria”. En esos últimos años de su vida se ocupó también de una institución que hizo mucho bien en el mundo: los Scouts. Desde la “Obra de la Patria”  se institucionaliza ese movimiento con el nombre de “Asociación de Boy Scouts Argentinos”. Él fue su primer presidente y tuvo una esperanza a la que el tiempo le daría razón. Estudiando sus propósitos y sus prácticas, creyó que era una  “solución del más grave problema que aflige a todos los hogares argentinos y que tanto preocupa a lo más sano y a lo más noble de nuestra juventud.” Y hay mucho de cierto en esto.

- ¡Cuantas cosas hizo este hombre, abuelo!

- Si Don Francisco Pascasio Moreno, “el Perito” pudo en sus últimos años hacer tantas cosas, fue porque fue fiel a su vocación, y esa es otra historia que me encanta…

- ¡Y a mí también me va a gustar!



https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vezun-Perito-546958.note.aspx




 

Había una vez…

un soldado

 

- En realidad, había muchos soldados. ¡Ni sé decirles cuántos teníamos! A todos los argentinos, llegado los 18 años,  nos tocaba ”servir a la Patria” haciendo el Servicio Militar. Nos decían “colimbas”. Primero nos daban un número por sorteo y, después, según las necesidades nos repartían: al Ejército, la Marina o la Fuerza Aérea.  De allí podías ir a para a cualquier lugar del país. Era fuerte, porque para muchos era la primera vez que nos íbamos de nuestras casas. Para la mayoría fue un momento inolvidable de sus vidas. La idea, si bien no era original ya que muchos ejércitos del mundo tenían ese sistema, era especialmente inteligente gracias al General Riccheri quien la llevó a la práctica. No solamente apuntaba a tener gente en las fuerzas armadas, sino también ir dándoles algún tipo de formación para el día de mañana. Patriótica y práctica, las dos. Por de pronto, como les decía, muchos vivirían en lugares distantes. Se formaron pueblos por la Patagonia, por el Norte, en la cordillera, lugares difíciles. Se juntaban muchachos muy distintos y nacía siempre una sana camaradería, amistades que durarían todo la vida. Muchos aprendieron a leer o un oficio. Pero sobre todo se buscaba hacer hombres de provecho,  porque con disciplina, los soldados vivían por unos meses “bajo bandera” y al servicio de la Patria, conocían su tierra, su gente.

- ¡Qué lindo que suena, abuelo!

- Habría que aclarar que en estas cosas todo éxito depende de un buen jefe, de un líder, dicen ahora. Riccheri debía tener esa pasta, tanto que fuera del Ejército, volcó sus fuerzas a algo no del todo distinto , fue el segundo Jefe Scout de Argentina. El primero había sido el Perito Moreno, otro prócer del que les tengo que hablar en algún momento. Riccheri, como hijo de inmigrantes, sabía que era necesario amar a la propia tierra y para amarla, había que conocerla. Y la idea funcionó bastante bien, aunque después el espíritu fue decayendo ante todo por falta de inteligencia rectora y la decadencia del país. Cuando no se tiene claro el “para qué se hacen las cosas”, terminan muriendo. Así pasó,  porque no hubo muchos “Riccheri”. Pero lo que tuvo de bueno te lo cuento con una historia, la de mi amigo “Monchito el mencho”…

- Ja, parece un juego de palabras…

- Ramoncito Sosa era peón de estancia formoseño, les dicen “menchos” por allá. Analfabeto, pobre, pero noble como el que más. Llegamos juntos al batallón. Era un chico fresco, sencillo, buen cantor, con una voz que le salía franca como su alma. Creo que nuestro Don Martín Miguel lo hubiese tenido a su lado sin dudarlo. Se hubiesen reído juntos. Eso sí, rústico, elemental. Una vez que tuvimos Misa (lamentablemente no era común), me preguntó qué eran “las pastillitas” que repartían en la comunión. Recuerdo darle unas clasesitas de catecismo y ver su cara asombrada oyendo hablar de Dios y su Omnipotencia: “¿Dios lo puede todo? ¿Si quiere una caja llena de oro la tiene?” Fue su comentario textual, abriendo sus ojos… Para él todo era un maravillarse, hasta de lo cotidiano… ¡Nunca había salido de sus pagos! La comida que nosotros despreciábamos, para él era la mejor que había conocido…

Uno de sus orgullos era haber sido vecino, medio primo, del soldado Hermindo Luna, el que fue asesinado por los montoneros defendiendo su cuartel.

- ¿De qué me hablás?

- Ay, perdóname… En dos palabras, por esos tiempos existían varios grupos de terroristas que querían tomar el poder sembrando terror, asesinando, secuestrando, poniendo bombas. Uno de ellos quiso copar un Regimiento en Formosa, mató muchos soldados y varios civiles y, cuando le dijeron al soldado Luna que se rinda, éste contestó: “¡Aquí no se rinde nadie, mierdas!” Y como tenía razón, lo asesinaron con una ráfaga de ametralladora. De esa sangre era Monchito. Hubiese sido un héroe de la Independencia, o en Malvinas…. Seguro. Capaz de jugarse el cuero por su bandera, por un camarada y sin dudarlo. De ir al combate, lo hubiese querido tener a mi lado. ¡Esa es nuestra gente! Y de eso yo me di cuenta allí, gracias a que fui soldado… Quizás nunca lo hubiese sabido de no conocerlo al Monchito. Creo que para él su vida de soldado fue una marca profundísima. El que conocí el primer día no tenía nada que ver con el que se fue, un año después. Aunque pienso a veces que habría que haberle dado más de lo que recibió: San Martín no le hubiese soltado la mano. Murió tontamente en un accidente al poco tiempo de terminar su servicio militar. Seguro que Dios puso en su pecho la medalla que merecía, con sus colores: celeste y blanco… Y me imagino con qué orgullo me la va a mostrar el día en que nos reencontremos.

 

https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-un-soldado-546668.note.aspx 

 

 Había una vez un inmigrante

- Había una vez un inmigrante: Francesco Turi. Venía del sur de Italia, de un pueblo de pescadores llamado Peschici. Cuando vi fotos de ese lugar me expliqué la tremenda melancolía que llevaba siempre a mano, aunque nunca, nunca se quejaba. Por el contrario, era un agradecido y, a pesar de que nunca llegó a hablar bien el español, él se consideraba “bien gaucho”. Así vestía, siempre de bombachas, elegante, pañuelo al cuello, chambergo y bien montado. Buen jinete… Tenía un overo negro imponente y verlo entrar al pueblo, al trotecito, era toda una postal. Era Don Pancho para los vecinos. Cuando llegó de Italia lo tentaron para que se sume a las colonias de pescadores de Mar del Plata, fue, miró ese mar, se le enturbiaron los ojos y sin decir nada, le dio la espalda. Para siempre. Nunca dijo nada a nadie del porqué evitaba siempre ver el mar, ni siquiera a Catalina, su dulce compañera. Se conocieron a los dos o tres años de su llegada. Ella era una linda criollita, morena y menuda. Habladora y compañera fiel. Don Pancho le daba todos los gustos, menos ir al mar.

Don Pancho era herrero de forja y con fama de bueno. Además del trabajo pesado que le traían del campo: enllantar ruedas de carros, arreglar arados y otras cosas por el estilo, que lo hacían manejar el pesado martillo como si fuese una nada, era el que arreglaba todas las cosas que le traían al taller… ¡hasta relojes! Eran desafíos para sus grandes manos, que no trabajos. Por esas cosas, nunca cobraba, es más, las agradecía. Como cuando el cura del pueblo le llevó su cáliz para reparar. ¡Pobre cura! Sólo tenía ése y así no lo podía usar. Era algo urgente. Cuando Don Pancho lo tuvo en sus manos se emocionó como si le hubiesen dado un hijo…   Y trabajó toda la noche para que el cura pudiese tenerlo pronto al día siguiente. Con la delicadeza de un orfebre terminó de pulirlo al amanecer. Cuando apareció el cura a media mañana, Don Pancho estaba en la fragua, no le prestó mucha atención.

-“Buon día signor cura, ¡Catalina! ¡Vino el cura! – fue lo único que dijo-. Y siguió con la fragua. Raro. Apareció Catalina, emocionada llevando una caja como si fuese un bebé. Como si fuese el niñito que siempre esperaron y nunca llegó. En la caja, envuelto en una larga tela de seda blanca había un cáliz. Tenía un lejano parecido con el que había traído a reparar. Aquél era simple, pobre, éste merecía estar en una catedral. Sin embargo, había algo que le recordaba al suyo. 

- “Don Pancho, Pancho amigo mío, ¡qué lindo cáliz! ¿Dónde lo tenía guardado?”

- “Es el suyo Padre Cura, tuve que hacerle unas reformitas.”

- “Pero el mío era de bronce y éste es todo de plata, cincelada, ¡es obra de un artista…!”

- “Las cosas se hacen bien…”  Fue lo único que le dijo invitándole a tomar unos mates.


El cura, que ya lo tenía por un santito, no solo por su piedad, sino porque siempre estaba al servicio de los demás, comenzó a tirarle de la lengua, pero solo le sacaba información de su pasado cuando le preguntaba cómo eran las oraciones que rezaba en italiano. Su viejo idioma lo usaba únicamente para hablar con Dios.  Comenzó a anotar algunas. Ésta se la aprendió él mismo de memoria para decirla todos los días: “Stati bene Madonna mia / domani ci vediamo ancor / e se non vi vedremo più, / in Paradisso ci porti tu!”

 

Había una vez un inmigrante que se llamaba Francesco, como él vinieron muchos miles. De Italia y España, sobre todo. Eran pobres, pero riquísimos… Venían sabiendo lo que es el hambre, pero también lo que es la belleza. Cuando llegaron a estas tierras se enamoraron de ella y trabajaron duro para forjar un porvenir mejor. Muchos lo lograron, otros no. Así es esta vida. En ellos se veía una mezcla de melancolía por la tierra que habían dejado, con la certeza de que la que hoy pisaban también era propia y que se debían a ella.  Porque solo hay dos formas de encarar los vientos de la vida: con agradecimiento o con resentimiento. No hay más.  
https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-un-inmigrante-546363.note.aspx

  Había una vez…un alpino en Rusia Por  Franco Ricoveri   10.12.2024 - ¿Qué escuchás? – me preguntaron apenas entraron. - A un coro de solda...