Había una vez un inmigrante
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Había una vez un inmigrante: Francesco Turi. Venía del sur de Italia, de un
pueblo de pescadores llamado Peschici. Cuando vi fotos de ese lugar me expliqué
la tremenda melancolía que llevaba siempre a mano, aunque nunca, nunca se
quejaba. Por el contrario, era un agradecido y, a pesar de que nunca llegó a
hablar bien el español, él se consideraba “bien gaucho”. Así vestía, siempre de
bombachas, elegante, pañuelo al cuello, chambergo y bien montado. Buen jinete…
Tenía un overo negro imponente y verlo entrar al pueblo, al trotecito, era toda
una postal. Era Don Pancho para los vecinos. Cuando llegó de Italia lo tentaron
para que se sume a las colonias de pescadores de Mar del Plata, fue, miró ese
mar, se le enturbiaron los ojos y sin decir nada, le dio la espalda. Para
siempre. Nunca dijo nada a nadie del porqué evitaba siempre ver el mar, ni
siquiera a Catalina, su dulce compañera. Se conocieron a los dos o tres años de
su llegada. Ella era una linda criollita, morena y menuda. Habladora y
compañera fiel. Don Pancho le daba todos los gustos, menos ir al mar.
Don Pancho era herrero de forja y con fama de bueno.
Además del trabajo pesado que le traían del campo: enllantar ruedas de carros,
arreglar arados y otras cosas por el estilo, que lo hacían manejar el pesado
martillo como si fuese una nada, era el que arreglaba todas las cosas que le
traían al taller… ¡hasta relojes! Eran desafíos para sus grandes manos, que no
trabajos. Por esas cosas, nunca cobraba, es más, las agradecía. Como cuando el
cura del pueblo le llevó su cáliz para reparar. ¡Pobre cura! Sólo tenía ése y
así no lo podía usar. Era algo urgente. Cuando Don Pancho lo tuvo en sus manos
se emocionó como si le hubiesen dado un hijo…
Y trabajó toda la noche para que el cura pudiese tenerlo pronto al día
siguiente. Con la delicadeza de un orfebre terminó de pulirlo al amanecer.
Cuando apareció el cura a media mañana, Don Pancho estaba en la fragua, no le
prestó mucha atención.
-“Buon día signor cura, ¡Catalina! ¡Vino
el cura! – fue lo único que dijo-. Y siguió con la fragua. Raro. Apareció
Catalina, emocionada llevando una caja como si fuese un bebé. Como si fuese el
niñito que siempre esperaron y nunca llegó. En la caja, envuelto en una larga tela
de seda blanca había un cáliz. Tenía un lejano parecido con el que había traído
a reparar. Aquél era simple, pobre, éste merecía estar en una catedral. Sin
embargo, había algo que le recordaba al suyo.
- “Don Pancho, Pancho amigo mío, ¡qué lindo cáliz!
¿Dónde lo tenía guardado?”
- “Es el suyo Padre Cura, tuve que hacerle unas
reformitas.”
- “Pero el mío era de bronce y éste es todo de plata,
cincelada, ¡es obra de un artista…!”
- “Las cosas se hacen bien…” Fue lo único que le dijo invitándole a tomar
unos mates.
El cura, que ya lo tenía por
un santito, no solo por su piedad, sino porque siempre estaba al servicio de
los demás, comenzó a tirarle de la lengua, pero solo le sacaba información de
su pasado cuando le preguntaba cómo eran las oraciones que rezaba en italiano.
Su viejo idioma lo usaba únicamente para hablar con Dios. Comenzó a anotar algunas. Ésta se la aprendió
él mismo de memoria para decirla todos los días: “Stati bene Madonna mia /
domani ci vediamo ancor / e se non vi vedremo più, / in Paradisso ci
porti tu!”


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