Había una vez… un presidente honesto

 

Había una vez… un presidente honesto

- Yo sé que sus padres les tienen prohibido mirar las noticias y hacen muy bien, pero cuando sean grandes y deban hacerlo, les va a agarrar tristeza al ver la galería de mala gente que gobernó nuestra Patria. Por eso comienzo por una preguntita: ¿qué quiere decir ser honesto?
- ¡Que no roba! -contestaron casi todos los nietos-.
- Y se quedan cortos. La palabra “honestidad” es mucho más completa y abarca todas las cosas que hacemos: es deshonesto tanto el que se porta mal con su familia, como el que roba o el que se droga. Aunque nadie lo sepa. Con la “honradez” provienen de otra muy olvidada: el “honor”. Ser una persona de honor significa que la gente sabe que tenés palabra, que sos íntegro, entero. Eso está muy lejos de ser solo una apariencia. Ser una persona honrada no se reduce por eso a “no robar”, aunque hoy sea lo que más se ve. Deshonesto es todo aquél que traiciona lo que tiene que ser, aunque nadie lo sepa. ¿Se acuerdan esa frase de San Martín: “Serás lo que debas ser…”
- “…o eres nada” – supieron responder-.
- Bueno, un presidente deshonesto es “nada”, es siempre un traidor. Pero vamos a hablar de lo contrario, de un Presidente que intentó ser fiel a lo que debía ser: Nicolás Avellaneda. Y no les voy a contar todas las cosas que hizo, les voy a contar sus “por qué y cómo”. Esas son enseñanzas que quisiera que aprendan. A Avellaneda le tocaron tiempos como ahora, muy difíciles, cargados de ideologías (hasta hay que aclarar que él mismo no estaba libre de ellas). Antes había sido buen Ministro de Educación de un Presidente “muy complicado”: Sarmiento. Un detalle que siempre encontramos en los que han hecho algo bueno: conocía y quería a su gente. Tanto como ministro, como presidente, viajó mucho recorriendo nuestro país mirando y oyendo. A los demás siempre les gustó más viajar por el mundo que encontrarse acá con las necesidades reales, verlas y “condolerse”. Pero para poder hacer eso hay que saber vencer las ambiciones personales, el propio orgullo y ser humilde.
Siendo Presidente volvió a su tierra, Tucumán, y primero quiso recorrer sus lugares y estar con sus paisanos. Al saludar a los que lo esperaban en la calle les dijo: “Mírenme, estoy más viejo, pero soy el mismo de siempre…”. Quizás eso es lo más grande que se puede decir de él: no lo arruinó el poder. A la mayoría el poder los destruye… Pero yo creo que, como les dije, a él lo salvó el que era un hombre de Fe, católico, y que quería el bien de su gente, no lo aparentaba para mendigar votos. Por eso se ocupó tanto por la educación. Había provincias, por ejemplo, que se habían quedado sin ninguna escuela. Las tuvieron. Hizo mucho, pero su gran preocupación era ver que estábamos divididos, que cada bando político odiaba al otro y fomentaba la desunión. ¿Se acuerdan dónde está enterrado el General San Martín?
- ¡En la Catedral de Buenos Aires!
- Sí, ¡muy bien! San Martín se había muerto en Francia. Fue Avellaneda el que trajo su cuerpo años después y lo hizo en el marco de un plan político que llamó la “Conciliación Nacional”. Como los egoísmos de los políticos se parecían mucho a los de ahora, a Avellaneda se le ocurrió convocar a la figura del Libertador para unirnos. San Martín fue elegido porque siempre estuvo arriba de las miserias del poder y, al mismo tiempo fue, es y será el modelo de líder que nos tiene que inspirar, como alguna vez lo charlamos.
- ¡Pero San Martín estaba muerto! – dijo mi nieta mayor, a la que le gustan siempre los “peros”.
- Avellaneda hablaba muy bien y ese no es un detalle menor. Porque el que habla bien respeta al otro…
- … no me contestaste, abuelo…
- Porque sos ansiosa y no me das tiempo; hay que saber hablar y oír. Y Avellaneda sabía las dos cosas. Veía las grandes necesidades de nuestra gente y que, divididos, no habría salida. Entonces en uno de sus discursos dijo una frase genial. Es difícil, así que escuchen bien: “Los pueblos que olvidan sus tradiciones, pierden la conciencia de sus destinos, y las que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son las que mejor preparan el porvenir”. Y lo voy a explicar bien simple. Una comunidad fuerte es como un árbol: tiene raíces, tradiciones. Sin raíces los árboles y las comunidades se derrumban. Los muertos son tan importantes como los vivos. Se los respeta, imita y recuerda. Y ellos nos ayudan, ¡claro que sí! Son intercesores, ejemplo, aliento. Don Avellaneda fue hábil al buscar apoyo en un genio como el Libertador. Si le hubiesen hecho caso, hoy tendríamos otra Argentina y sus padres les dejarían ver noticias. Creo, chicos, que solo hay una única forma para salir adelante: haciendo una Patria sanmartiniana.
- Pero entonces, ¿pudo lograrlo o no?
- Sólo en parte… Las luchas políticas terminan siempre arruinando las mejores intenciones. Ah… ¡los “egos”! Huyan siempre de los que “se la creen”, porque si la autoridad no es “servicio”, termina siendo traición.

Había una vez… un cura

 

Había una vez… un cura

Por Franco Ricoveri

- Había una vez un cura muy famoso. Tanto que sobre sus historias se escribieron muchos libros que vendían millones de ejemplares en todo el mundo y muchas películas. Se llamaba Don Camilo (en Italia a los sacerdotes se los suelen llamar “Don”). Tan famoso era que un día el Papa quiso conocerlo. Aunque sabía que no existía…
- ¿Cómo es eso, abuelo? Suena raro…
- Don Camillo era el personaje de unos relatos que publicaba Giovannino Guareschi. Si bien no existía, había muchos curas como Don Camillo por el mundo. Y por eso la gente lo amaba. Era un cura sencillo, tremendamente fuerte, que vivía por los demás y, quizás por eso, se peleaba siempre con un amigo suyo, Peppone, que era el alcalde comunista de su pueblo.
- Los comunistas son malos…
- El comunismo es malo, sí, pero a veces había comunistas que no se daban cuenta de lo terrible que era y de los crímenes que se cometían en su nombre. Peppone era de esos, pero tenía buen corazón, aunque la ideología a menudo lo cegaba. Por eso se peleaban. Si se quiere podríamos dividir a la gente entre los que ven las cosas como son y los que las ven con “anteojos” que deforman la realidad. Las historias de estos dos personajes eran graciosas y profundas al mismo tiempo. Inventadas, pero muy reales, porque su autor conocía y amaba a su gente. Don Camilo no era perfecto, tenía sus defectos, pero tenía una gran ventaja: a Cristo. Conversaba cuando tenía problemas con el Cristo de su parroquia y Él lo retaba, le daba fuerzas… lo acompañaba. - ¿Y el comunista?
- Era un buen hombre, cristiano, aunque a veces creía que tenía que disimularlo porque el Partido se lo mandaba. Pero lo tenía a Don Camilo que se lo recordaba. A veces con un tortazo… porque eran hombres duros. Como vivían en un pueblo, todos se conocían y se podían ayudar. El problema que tenía era justamente que esa Fe natural que había heredado de sus mayores estaba siempre cuestionada por cuestiones políticas. Es triste, pero la política, aunque es una vocación de servicio, tienta a veces a las personas a olvidarse de eso. El desastre de nuestra querida Argentina no es raro… se repite constantemente. Pero bueno, todo esto hacía que surgiesen historias muchas veces graciosas, otras dramáticas, pero siempre profundas y reales. No recuerdo ninguna historia corta, pero sí una charla que tuvo el cura con Jesús que siempre me parece actual. Don Camilo estaba preocupado por cómo todo se iba derrumbando: el amor, la bondad, la piedad, la honestidad, el pudor, la esperanza… Cristo le respondió que no sea pesimista, ¿o acaso creía que Él había fracasado? Pero no lo convenció del todo al pobre Don Camilo. La gran pregunta que tenía en su corazón era “¿qué podía hacer frente a tantos males?” Y la respuesta fue muy linda: “Hay que hacer como los campesinos cuando llegan las inundaciones. Lo primero que hay que salvar son las semillas. Cuando el río haya vuelto a su cauce, la tierra volverá a emerger y el sol la secará. Si el campesino salvó la semilla, podrá arrojarla en la tierra, que se habrá hecho más fértil, y la semilla fructificará, y las espigas doradas darán a los hombres pan, vida y esperanza. Hay que salvar la semilla: la fe. Don Camilo, es preciso ayudar a quienes aún tienen fe y mantenerla intacta”. A ver si me saben resumir qué es lo que quiso decirle Jesús a Don Camilo…
- Que no afloje -dijo mi nieto mayor con seguridad.
- Es un buen resumen.
- Y, ¿cómo se muere Camilo? – preguntó intrigada su hermana, siempre preocupada por ese tema.
- El Padre Camilo en todo caso... El que se murió fue su autor, Giovannino, hace ya más de 50 años. Su último libro se llama “Don Camilo y los jóvenes de hoy”, y allí ya lo vemos mayor, y en vez de luchar contra Peppone, le toca hacerlo frente a una sobrina que era bien brava y lo volvía loco y con un curita joven que le mandaron y que era absolutamente insoportable. Don Quiquí lo llamaban. Quería cambiarlo todo y lo que hacía era confundir. Lo peor es que no respetaba a la gente, no las veía y eso lo amargaba a nuestro curita. Confundir a la pobre gente que espera claridad es malo, muy malo. Lo que les voy a decir no es tan fácil de entender, pero es importante. Está en ese último libro y es bien actual: “Mientras en otro tiempo el malo procuraba parecer bueno, hoy el bueno se esfuerza a menudo en aparentar que es malo. Y aunque sigue siendo oveja, aúlla como lobo, mientras los lobos auténticos, que, sin embargo, van disfrazados de ovejitas, balan”. ¿Lo entendieron?
- No -dijeron todos. Y está bien, ¡para qué se los habré dicho! Ya lo tendrán que sufrir.
- No se preocupen. Sólo recuerden el nombre de Don Camilo, un día va a ser un gran amigo de ustedes. Y, ¡a no aflojar con las cosas buenas!

Había una vez…un autito Buby

 

Había una vez…un autito Buby

Por Franco Ricoveri

- ¡Ven chicos! Miren lo que conseguí: un autito Buby. ¿Quieren que les cuente su historia?
- ¡Claro! -dijeron todos peleándose por verlo.
- Es la historia de un querido amigo, el que lo fabricó: don Haroldo “Buby” Mahler. ¿Se acuerdan que lo conocieron en Córdoba? Uno de mis placeres esas vacaciones era ir a oírle sus historias, y entre ellas está la de estos autitos. Una historia que comenzó cuando él era casi un bebito y mostró la hilacha: su primera palabra no fue ni “mamá”, ni “papá”, fue ”tutú”.
- ¿Qué quiere decir “hilacha”? - “Mostrar la hilacha” quiere decir mostrar el carácter, y justo él me decía que creía que, en el carácter de cada uno, se va formando el “destino”, la vocación. Y parece que desde chico don Buby amó a los autos, porque señalaba siembre el “fordcito A” de su padre como a un amigo más. Lo lindo es que su padre, al darse cuenta de esa inclinación la fue promoviendo regalándole un autito a pedales apenas tuvo fuerzas, o de los chiquititos para coleccionar. Dinky era la marca. Y así también fue alimentando sus intereses. Es cierto, Dios nos va descubriendo las cosas con delicadeza de Padre para mostrarnos el camino que Él soñó. Así fue creciendo. Sabía todas las marcas de los autos, arreglaba lo que se le cruzaba, amaba las herramientas. La gran ocasión para que nazcan estos autitos, los “Buby”, llegó en el cumpleaños del hijo de un amigo. Ya era un hombre. ¿A ver si adivinan qué quiso comprarle?

- ¡¡Un autito!!
- Obvio, un Dinky quiso comprarle, pero eran carísimos porque eran importados. Entonces se quedó pensando por qué no se podrían hacer también en Argentina autitos de buena calidad. Y así se puso a estudiar el caso, habló con uno de sus profesores de la Universidad, planeó cómo y, al poco tiempo, nacieron los Bubys, que nada le envidiaban en calidad a los importados. Es más, ¡eran mejores! Les inventó un sistema de suspensión que los otros no tenían y así, corrían mejor y más rápido. El siguiente paso era venderlos. No es fácil. Les voy a leer lo que escribió recordando ese momento: “El 29 de noviembre, día de mi cumpleaños, me aventuré a recorrer la zona norte de la Ciudad. Se dio que, pasando por una elegante peluquería en la Av. Callao, vi juguetes y dudé si entrar o no. Primero seguí de largo, pero mi decisión cambio y decidí volver, entré y para mi sorpresa, me atendió personalmente el dueño del negocio que se había interesado bastante por el producto, de forma tal que sobre el mostrador estaban todos los colores que llevaba en el muestrario. Mientras conversaba, un señor, al lado mío, observaba atentamente los autitos, no tardó en preguntarme: ´joven, ¿quién fabrica esos autitos?´ Alabó el producto, comentándome que en realidad una peluquería no sería el negocio adecuado para lo que estaba ofreciendo. Sacó una tarjeta invitándome para que lo visite al día siguiente por la mañana. Este señor, que gentilmente asistió a un joven que ofrecía un producto, pero que estaba completamente despistado en la comercialización, era nada menos que el Gerente de la juguetería Santa Claus, la más importante en ese momento, ubicada sobre la Av. Santa Fe”. Y así nacieron los autitos que hicieron felices a muchísimos argentinos que todavía los recuerdan…
Dos fábricas, una en Buenos Aires, la otra en Córdoba. Muchas familias trabajando y, lo más importante: muchos chicos jugando con sus “Bubys”. Fíjense qué linda conclusión que escribió en sus memorias y que es la misma que me contaba este verano: “Hoy, tras 50 años trascurridos, veo claramente que esa decisión de entrar en la peluquería marcó el comienzo de un destino”. Si no entraba quizás todo quedaba ahí… No hay casualidades, queridos chicos… Hay que ser valientes cuando la causa es buena.
- ¿Todavía se fabrican los Bubys?- me preguntó el mayor.
Le dije que no, que por esas cosas de nuestro país las dos fábricas habían tenido que cerrar. Y me quedé pensando en mi pobre Argentina. ¡Cuanta gente buena trabajó, generó ideas, industrias! ¡Y cuántas terminaron mal por culpa de los de siempre…! Inflación, corrupción política, problemas con los sindicatos, desabastecimiento de materias primas, hasta los atentados terroristas y la guerra civil de los 70. ¡No les faltó nada! Para cansar a cualquiera. Doy fe de que Buby Mahler es un patriota que ama a su tierra… la sigue amando y cultivando. Hoy tiene un gran vivero de árboles, sobre todo robles, y a sus más de 90 años los sigue cuidando y regando todos los días. Como cuidaba a sus autitos, a sus trabajadores. Como hubiese querido seguir haciéndolo si lo hubiesen dejado. Los robles que él planta los disfrutarán y admirarán recién sus nietos, sus bisnietos… ¡qué lindo! ¡Eso es la Esperanza!
- Ya no se fabrican más los Buby. Ahora solo se venden juguetitos chinos. Son otra cosa. Los Buby tenían alma, tenían adentro el corazón de un gran hombre: mi amigo Haroldo Mahler, Buby.
-¿En serio abuelo? ¿Tienen corazón? ¿Dónde? ¿Me lo prestás que lo quiero ver?

Había una vez…un país que reía

 

Había una vez…un país que reía

Por Franco Ricoveri

-Había una vez un país que reía sanamente y riéndose (riyéndose me gustaría poder decir), se alegraba, se conocía, se quería. Pero para reírse sanamente hace falta inteligencia y eso no viene “en abstracto” ni se compra; viene encarnada en personajes que Dios regala al mundo de vez en cuando. Uno de ellos, y de los grandes, se llama Luis (en realidad Luiggi) y probablemente sea uno de los argentinos más queridos. Nos hizo viajar, conocer a nuestra gente partiendo de lo más elemental: su forma de hablar. Y no para “reírse de ellos”, sino para reírnos juntos. Porque él era “de ellos”. Chaqueño, hijo de inmigrantes italianos, criado por españoles, Don Luis Landriscina encarna lo mejor que tenemos en esta tierra y que parece que vamos perdiendo. Como el buen humor. Ese que no se ríe de los demás, sino con os demás.
Está bien que los tiempos de ahora son difíciles, ¿quién lo niega? Pero también lo fueron para él. Pueden imaginarse lo que habrá sido ese Chaco de los pioneros. ¡Y la tristeza de perder a su madre italiana cuando pequeño! Y el ser criado por un generoso matrimonio de españoles, sus “padrinos”, en una tierra áspera, de soledades, No recuerdo que Don Luis haya “llorado esas penas”, todo lo contrario, las transformó en agradecimientos.
Para poder ver las cosas con humor, les decía, hay que ser inteligentes. Y esto quiere decir: profundos. Eso hace que el humor y el dolor tengan conexiones secretas. El humor ve siempre lo esencial de las cosas y si se detiene en lo accesorio no es para dar vueltas, es para darle contexto. Él lo explica genialmente, déjenme citarlo de memoria:
-Como soy provinciano -decía-, soy de “narración extendida, no soy muy proclive al ´chiste´, soy más del “cuento”. El chiste es de las “zonas apuradas”, las ciudades de cualquier lugar del mundo. En los pueblos tenemos “tiempo.” Si yo fuese un contador de chistes de un teatro, diría; “Una vez un tipo le dijo a otro…”. Y aquí ya está marcada la forma de vida de la ciudad. Lo llamé: “tipo”, no le puse nombre, ni dije qué cara tenía, ni de dónde venía ni pa’ dónde iba. Era “un tipo”. En la ciudad no así un día un tipo le dijo a otro:
-Estoy encantado, ahora puedo comer de todo.
-¿Te dio de alta el médico?
-No, gané la lotería
.
-La versión “provinciana” (después lo escucharemos en YouTube), es mucho más linda. Por de pronto el tipo tiene “nombre”: Don Abelardo no es “un tipo”. Sabemos dónde vive, cómo es… Don Luis nos mete en su vida, en la vida del pueblo, sin apuro. Y así termina diciendo algo terrible: en la ciudad vivimos con muchísimos vecinos, pero no los conocemos.” En un pueblo “hay tiempo para saber que Don Abelardo se llama Don Abelardo”, y todo lo demás… Y así la vida es más rica, porque “el otro” tiene una cara, no es “anónimo”. De los “anónimos” no podemos aprender nada.
Lo contrario a la inteligencia es la superficialidad. ¿Lo contrario al humor es el malhumor? No, es la estupidez.
Por eso les digo, tengan siempre a mano a Don Luis, maestro del humor, buen poeta , algo de músico, conocedor de nuestra historia, un hombre culto en verdad… Pero sobre todo es ese hombre con el que siempre querríamos hablar, sabiendo que sonreiremos, pero que, después, algo importante nos quedará en la cabeza dando vueltas. Y ese algo será para nuestro bien.
Escuchándolo aprenderán a amar a nuestra tierra y nuestra gente. Me pasó a mí, le pasó a millones de argentinos. Hoy estamos perdiendo el sentido del humor y eso es algo mortal. Para las personas y para las naciones. Si algún día nos olvidamos de Don Luis Landriscina, sería una tragedia sin solución, porque los argentinos habríamos perdido nuestras caras, nuestros afectos, nuestros acentos, nuestros apodos… “don Abelardo habría perdido su nombre y sólo será “un tipo”. Anónimo y frío. Y la vida sería hastiante.
-Abuelo, ¿qué quiere decir eso?
-Nada. Olvidate. La próxima vez que viajemos comenzamos a oírlo.






Había una vez…un líder

 

Había una vez…un líder

Por Franco Ricoveri

—A ver chicos, ¿qué es un líder?
—¡Messi, abuelo! -dijo el primero de los nietos.
—Eso es quién, no “qué es” -dijo su hermana con cara de “te gané”.
—Messi tiene características de líder, pero es sólo un ejemplo. Punto para ella. Una característica del líder es que guía a los demás, los conduce hacia un objetivo. Pero no desde atrás, sino encabezando, adelante de todos. Un buen capitán marca el camino con el ejemplo. Los grandes líderes enseñan desde lo que son. ¿Cuál es el más grande ejemplo de líder tenemos los argentinos?
—¡¡San Martín!! -dijeron todos.
—Jaja, saben qué respuestas le gustan al abuelo. ¡Muy bien! ¡Caramelos para todos! Y sí, el Capitán General Don José de San Martín, el Libertador, es un lujo más que tenemos los argentinos. Inmerecido. Líderes como él no hemos tenido otro.
—¿Por qué? –dijo el más pequeño.
—Porque es difícil soportar el poder con humildad, y la humildad llama a la generosidad. Generalmente los poderosos terminan perdiéndolas y sin humildad no se pueden ver las cosas como son… Yo creo que el secreto de un buen líder es que “no se la cree”. Ése es un signo de gran inteligencia, y nuestro Padre de la Patria, lo tuvo. Les voy a contar una anécdota famosa: Cuando preparaba las tropas del Ejército de los Andes a fin de liberar Chile y Perú, indicó que estaba prohibido entrar con espuelas en el polvorín de ‘El Plumerillo’. ¿Por qué? Porque raspando contra la piedra podrían causar una chispa y así explotar todo por los aires. Para probar al centinela, el soldado que cuidaba la puerta del polvorín, se acercó nuestro Libertador calzando en sus botas sus espuelas. El centinela le prohíbe el paso y allí San Martín le dice aparentemente enojado: “¿Usted no sabe quién soy yo?”. “Sí mi General, ¡por supuesto que lo sé!” -le contestó el soldado sin moverse. “Y, entonces, soldado, ¿por qué no me deja pasar?” “Porque tengo que cumplir sus órdenes, mi General.” Un mal Jefe se hubiese enojado y quizás hasta castigado al soldado, ¿qué creen que hizo San Martín?
—Abuelo, ya me lo contaste: le dio una moneda de oro como premio - dijo el mayor con cara paternal.
—Disimulá un poco y decime que no, jaja… Una Onza de oro le dio, lo que equivalía casi a su sueldo de todo el año. ¿Qué les enseña esta anécdota?
—Que hay que saber mandar…
-cerró con seguridad su hermanita. Porque ella sabe mandar…
—Tenés razón. Y lo triste es que pocos en nuestra historia han sabido gobernar así, “sanmartinianamente”, con el ejemplo de su sangre. Les cuento otra que no saben: entre los soldados existía la mala costumbre de apostar. Como eso suele traer otros vicios muy malos, el Libertador lo prohibía totalmente a su gente. Un día, uno de sus oficiales, el Capitán Toribio Reyes, encargado de pa#gar los sueldos a la tropa, pidió hablar con él.
Pero no con el General, sino con el “señor”. —“Necesito hablar con él, porque si el General se entera, me fusila” -dijo con angustia.
—¿Qué le anda pasando, Capitán? -le respondió.
—He perdido en el juego los sueldos de nuestros soldados.
—¿Lo sabe el General?
—No, no podría decírselo, me moriría de miedo.
—Y, ¿cuánto dinero necesita?
—20 onzas de oro –le dijo con vergüenza, porque era muchísimo-. Los pienso devolver apenas pueda.
—Tome, -dijo el señor San Martín sacándolos de su caja fuerte-, pero que el General no se entere, porque si no lo pasa por las armas…
Al salir el capitán, entra su secretario y le pregunta qué le había dicho, porque lo vio muy conmovido. “Nada, el General San Martín no ha dicho nada”, fue su respuesta. Sabía, como saben los grandes maestros y conductores, que “el camino más corto para llegar a la cabeza, pasa por el corazón”. Son sus palabras. Son una marca de su accionar al mando. ¿Se pueden imaginar con qué fidelidad el capitán iba a seguirlo en el difícil camino de la lucha por la verdadera libertad de los pueblos? ¡Hasta la muerte! Les ganaba el corazón a todos los que lo conocían…
—Abuelo, ¡cómo no seguirlo a San Martín!
—Y sí, sigue siendo uno de los máximos héroes de la Historia Universal: generoso, justo, sencillo, humilde… genial…
Para saber mandar hay que saber amar a su gente y tener claro el bien que se busca. “Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada”.
—¿Qué quiere decir eso?
—Algún día lo vamos a charlar.

 

Había una vez… un guitarrero

Por Franco Ricoveri

-Había una vez un gran “guitarrero” que se llamaba Carlos Di Fulvio: uno de los mejores de todos los tiempos. Y eso que estoy hablando en una tierra de grandísimos guitarristas, pero éste era distinto.

Perdón: es distinto, porque no sólo todavía lo tenemos entre nosotros, sino que sigue estudiando, componiendo, escribiendo como siempre… o mejor. Podría decirse que fue un “niño prodigio” y alcanzó fama rápidamente. Lo triste, y algo que se repite siempre en esta bendita tierra, es que hoy un poco se lo ha olvidado. Ustedes lo han escuchado desde chicos: él nos cantó la historia del santo cura Brochero. Lo dio a conocer cuando casi nadie sabía su nombre y le puso música a su vida. ¿Se acuerdan? “Ponchito marrón, cigarrito’e chala…”.

- Lo conocí cuando yo era chico y le escuché unos versos que decían: “Tengo una deuda contigo, guitarra quisiera, poderla pagar, me has enseñado el camino, me has aliviado el andar, fuiste mi dulce nodriza, la pausa en mi prisa por querer llegar”. Figuraban en una colección de canciones que se hacían anualmente con el título de Argentinísima. La tenía mi abuela “China”, la tatarabuela de ustedes.

- Desde entonces fue mi amigo, aunque la dicha de conocerlo y tratarlo vino mucho después. Lo cierto es que esos versos fueron una “deuda” que fue creciendo: con su música y versos, desde ya, pero también con “la música” y “la poesía” en general, porque son mundos que “alivian nuestro andar”. En otra canción más conocida, lo dice así “Guitarrero, con tu cantar, me vas llenando de luz el alma”. No lo conocía personalmente, pero como lo escuchaba horas, nos fuimos haciendo amigos.

- Por de pronto, les voy a decir algo profundo, pero de manera que se entienda: el verdadero artista, transmite belleza. La belleza es hermana de “la verdad” y de “el bien”. De modo que “ir llenándose de luz el alma” es de las cosas más valiosas que se pueden hacer. Es mucho más que un pulgar arriba… Los frutos de la buena música (del buen arte en general) son infinitos, porque están emparentados con ese Infinito.

- ¿Y los de la “mala” música? Porque muchas veces te oímos protestar y decir: ¡sacá esa porquería!

-Esos frutos son peligrosísimos, pero no infinitos. Se tienen que cuidar mucho de escuchar “porquerías”, porque lo que entra por el oído llega al corazón y, de allí directamente a la cabeza. Escuchar cosas buenas nos engrandece. Muchas veces los cantantes son famosos, pero no siempre cumplen con ese “servicio”. Y crean que Don Carlos Di Fulvio lo ha cumplido con creces. Sobre todo, por su música, por su poesía. Es un enamorado de nuestra tierra y su gente y eso lo llevó a estudiarlas y escribir sus historias. Ahí en mi biblioteca, por darles un ejemplo, tengo varias biografías del Cura Brochero, pero lo primero que conocí y, les aseguro que sigue siendo su mejor retrato, está en su canto. Hace un tiempito nomás escribió sobre nuestro querido Manuel Belgrano. Le dedicó otra obra bellísima, profunda, necesaria... Debía haberse estrenado en el Teatro Colón. Por su calidad, por sus verdades. Pero por nuestra terrible y acostumbrada ingratitud, apenas se le concedió un pequeño, ¡aunque magnífico!, estreno... En fin, la obra de este gran guitarrero es inmensa: el otro día oíamos dos de sus canciones más famosas: “¿Se acuerda Doña Maclovia?” y “Campo afuera”. ¡Un genio total!, como dicen ustedes.

- No abuelo, eso ya fue…

- Bueno… En fin, nadie pintó sus paisajes cordobeses como él. Y cuando lo conocí personalmente hace unos años, le descubrí un secreto. Está casado con una gran mujer: “Teresita”, con ella comparte sus méritos. En los matrimonios las glorias se comparten. Como las penas.
- Me van a prometer que van a intentar al menos, aprender a tocar la guitarra. Hace un tiempo, no se podía imaginar una reunión de amigos sin una guitarra. Y desde ya que eso calaba hondo en los corazones. Si éramos más sanos, también era porque éramos una tierra de cantores, lo era porque la guitarra, fiel compañera, iluminaba nuestras vidas. ¡Pregúntenselo a Don Martín Fierro, padre de todos los guitarreros de la Patria! Yo “tengo una deuda” con Don Carlos Di Fulvio, y si ustedes aprenden a oírlo, un poquito al menos la habré saldado. Si no, ¡se lo pierden! Porque como él nos dijo: “Quien no conoce tu mundo, guitarra no sabe, que mundos perdió…”

- ¡Claro abuelo! ¿nos prestás tu guitarra?

- Ni loco, jajaja… Cuando crezcan y toquen bien, desde ya. Por ahora, confórmense con esa más viejita.



https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-un-guitarrero-548390.note.aspx

  Había una vez…un alpino en Rusia Por  Franco Ricoveri   10.12.2024 - ¿Qué escuchás? – me preguntaron apenas entraron. - A un coro de solda...