Había una vez…
un soldado
- En
realidad, había muchos soldados. ¡Ni sé decirles cuántos teníamos! A todos los
argentinos, llegado los 18 años, nos
tocaba ”servir a la Patria” haciendo el Servicio Militar. Nos decían
“colimbas”. Primero nos daban un número por sorteo y, después, según las
necesidades nos repartían: al Ejército, la Marina o la Fuerza Aérea. De allí podías ir a para a cualquier lugar
del país. Era fuerte, porque para muchos era la primera vez que nos íbamos de
nuestras casas. Para la mayoría fue un momento inolvidable de sus vidas. La
idea, si bien no era original ya que muchos ejércitos del mundo tenían ese
sistema, era especialmente inteligente gracias al General Riccheri quien la
llevó a la práctica. No solamente apuntaba a tener gente en las fuerzas
armadas, sino también ir dándoles algún tipo de formación para el día de
mañana. Patriótica y práctica, las dos. Por de pronto, como les decía, muchos
vivirían en lugares distantes. Se formaron pueblos por la Patagonia, por el
Norte, en la cordillera, lugares difíciles. Se juntaban muchachos muy distintos
y nacía siempre una sana camaradería, amistades que durarían todo la vida.
Muchos aprendieron a leer o un oficio. Pero sobre todo se buscaba hacer hombres
de provecho, porque con disciplina, los
soldados vivían por unos meses “bajo bandera” y al servicio de la Patria,
conocían su tierra, su gente.
-
¡Qué lindo que suena, abuelo!
-
Habría que aclarar que en estas cosas todo éxito depende de un buen jefe, de un
líder, dicen ahora. Riccheri debía tener esa pasta, tanto que fuera del
Ejército, volcó sus fuerzas a algo no del todo distinto , fue el segundo Jefe
Scout de Argentina. El primero había sido el Perito Moreno, otro prócer del que
les tengo que hablar en algún momento. Riccheri, como hijo de inmigrantes,
sabía que era necesario amar a la propia tierra y para amarla, había que
conocerla. Y la idea funcionó bastante bien, aunque después el espíritu fue
decayendo ante todo por falta de inteligencia rectora y la decadencia del país.
Cuando no se tiene claro el “para qué se hacen las cosas”, terminan muriendo.
Así pasó, porque no hubo muchos “Riccheri”.
Pero lo que tuvo de bueno te lo cuento con una historia, la de mi amigo
“Monchito el mencho”…
-
Ja, parece un juego de palabras…
- Ramoncito
Sosa era peón de estancia formoseño, les dicen “menchos” por allá. Analfabeto,
pobre, pero noble como el que más. Llegamos juntos al batallón. Era un chico
fresco, sencillo, buen cantor, con una voz que le salía franca como su alma.
Creo que nuestro Don Martín Miguel lo hubiese tenido a su lado sin dudarlo. Se
hubiesen reído juntos. Eso sí, rústico, elemental. Una vez que tuvimos Misa
(lamentablemente no era común), me preguntó qué eran “las pastillitas” que
repartían en la comunión. Recuerdo darle unas clasesitas de catecismo y ver su
cara asombrada oyendo hablar de Dios y su Omnipotencia: “¿Dios lo puede
todo? ¿Si quiere una caja llena de oro la tiene?” Fue su comentario
textual, abriendo sus ojos… Para él todo era un maravillarse, hasta de lo
cotidiano… ¡Nunca había salido de sus pagos! La comida que nosotros
despreciábamos, para él era la mejor que había conocido…
Uno
de sus orgullos era haber sido vecino, medio primo, del soldado Hermindo Luna,
el que fue asesinado por los montoneros defendiendo su cuartel.
-
¿De qué me hablás?
- Ay, perdóname… En dos
palabras, por esos tiempos existían varios grupos de terroristas que querían
tomar el poder sembrando terror, asesinando, secuestrando, poniendo bombas. Uno
de ellos quiso copar un Regimiento en Formosa, mató muchos soldados y varios
civiles y, cuando le dijeron al soldado Luna que se rinda, éste contestó: “¡Aquí
no se rinde nadie, mierdas!” Y como tenía razón, lo asesinaron con una
ráfaga de ametralladora. De esa sangre era Monchito. Hubiese sido un héroe de
la Independencia, o en Malvinas…. Seguro. Capaz de jugarse el cuero por su
bandera, por un camarada y sin dudarlo. De ir al combate, lo hubiese querido
tener a mi lado. ¡Esa es nuestra gente! Y de eso yo me di cuenta allí, gracias
a que fui soldado… Quizás nunca lo hubiese sabido de no conocerlo al Monchito.
Creo que para él su vida de soldado fue una marca profundísima. El que conocí
el primer día no tenía nada que ver con el que se fue, un año después. Aunque
pienso a veces que habría que haberle dado más de lo que recibió: San Martín no
le hubiese soltado la mano. Murió tontamente en un accidente al poco tiempo de
terminar su servicio militar. Seguro que Dios puso en su pecho la medalla que
merecía, con sus colores: celeste y blanco… Y me imagino con qué orgullo me la
va a mostrar el día en que nos reencontremos.


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