Había una
vez un pueblo
Había una vez un pueblo que no tenía bandera propia.
Quizás fuese porque era pobre, o porque estaba tan lejos de todo y entonces a pocos
le importaba… Un día, antes siquiera de nacer del todo, pensó que iba a tener
que necesitarla, porque una expedición pirata llegó a sus costas Los invasores
estaban bien pertrechados, con muchos miles de soldados y más de cien barcos.
Del otro lado, el nuestro, había criollos corajudos, pero poco armados y desorganizados.
Cuando llegaron los piratas, algunos soñaron con ser sus amigos y trabajaron
para ellos. Pasa siempre. En la primera ola de invasión lograron tomar el
puerto y allí los traidores se dieron cuenta de que nunca pasarían de ser sus siervos.
Igualmente, como en la mente del traidor sólo hay ambiciones y orgullo, sus
descendientes todavía creen que, si los piratas hubiesen ganado, estaríamos
mejor. Quizás es así porque, aunque creídos, eran brutos y nunca supieron lo
que pasaba en África, la India u otros tantos lugares conquistados por ese
reino.
Lo cierto es que los criollos, desorientados ante tanto
poder, se retiraron y la ciudad quedó por unos días en manos del invasor. Este
olvidado país (aunque todavía no era independiente) fue abandonado por quienes
debían protegerlo. En el reino había unos reyes tan, pero tan torpes que todo
lo arruinaban. “¡Arréglense como puedan!” fue lo que nos dijeron.
Pero el criollaje no quería ser esclavo, y cuando
apareció un jefe que supo ordenarlos, no solamente echaron a los piratas, sino
que, cuando al poco tiempo quisieron volver con una expedición tremenda y
sangre en el ojo, los corrieron a escobazos y piedrazos. Porque tenían honor,
coraje y amaban su tierra. Al jefe lo nombraron Virrey y Conde de Buenos Aires,
pero es complicado ser vice de un mal rey, así que esa historia que empezaba
bien, terminó con él tristemente.
- ¿Y la bandera? Porque la historia comenzó con un país
que no tenía bandera…
Es curioso, en esta
historia, las banderas que importan son las del enemigo pirata: todavía las
guardamos y varias de ellas pueden verse en el Convento de Santo Domingo, cerca
de la Plaza de Mayo. Nos recuerdan lo que no queremos ser. Pero, me corrijo, ni
siquiera ellas importan gran cosa. La gran “bandera”, que no era una bandera
pero que con el tiempo la inspiraría, es nuestra ”marca” y está a pocos metros
y en la misma basílica porteña. Es la Virgen del Rosario “de la Reconquista”, a
cuya intercesión Don Santiago de Liniers, atribuyó la victoria sobre los
piratas. Y eso era muy cierto, basta ver los números de aquella epopeya. Con el
tiempo y de la manos del General Manuel Belgrano llegó una bandera propiamente
dicha, que estaba inspirada en la misma patrona: Santa María, la que le dio el
nombre a Buenos Aires y la que marcó nuestro destino desde siempre. Y todo esto
pese a los piratas, pese a sus cómplices de ayer y hoy, y también pese a que, a
veces, hasta los mismos criollos que la amamos, somos ingratos y olvidamos. Pero
ella espera, sabedora de que el triunfo ya se alcanzó.
https://www.laprensa.com.ar/Habia-una-vez-un-pueblo-547921.note.aspx


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